miércoles, 28 de junio de 2023

CRÓNICA DE 4.48 PSICOSIS (Sarah Kane) - Teatro Español (Madrid) - La Phármaco



4.48 PSICOSIS


Foto de Esmeralda Martín


FICHA

De Sarah Kane

Traducción: Eva Varela Lasheras

Dirección: Luz Arcas - La Phármaco

Interpretación: Natalia Huarte

Iluminación: Jorge Colomer

Escenografía: Pablo Chaves

Vestuario: Luz Arcas

Música original: Adrián Foulkes

Espacio Sonoro: Pablo Contreras

Asistencia artística: Victoria Aime

Colaboración artística: Sebastian Vogler

Mirada externa: Teresa Casas

Ayudante de dirección: Javier L. Patiño

Residente de ayudantía de dirección: Cristina Hermida

Una coproducción del Teatro Español y La Phármaco


            El termómetro marcaba 38 y el bochorno resultaba insoportable, ayer, martes, 27 de junio, en la puerta del Teatro Español.

Serían las siete y cuarto cuando se abrió la sala Margarita Xirgu y unos cuantos devotos de Sarah Kane accedimos al interior y ocupamos nuestros asientos. Mi abanico y yo, en primera fila, butaca 7, no muy centrada. Ya antes de sentarme compruebo que el grueso de la escenografía se ubica en el lado opuesto, a la derecha. Percibo, en la penumbra, una cama rodeada de objetos. A la izquierda frente a mí, un lavabo, una silla, una toalla… elementos muy precisos, muy bien iluminados. Desde un ángulo, en proscenio, se sostiene un cabo que termina en una especie de asidero, en el centro, muy alto, entre las varas, donde no podemos verlo. Todo el suelo es como el papel pintado de la casa de tu abuela. Universo años 90 en Londres, me imagino. Tonos rosas, flores y geometrías… pues eso, de papel pintado… Interesante escenografía. Adecuada. Elegante.

La función va a comenzar. Solo quedan tres minutos. Desde megafonía se agradece que apaguemos los teléfonos. Sí, eso es imprescindible. Sería bueno apagar, también, a ser posible, toses y carrasperas…

Y de pronto ya estás dentro, en la oscuridad de las 4.48, en el silencio, en la absoluta soledad de un alma que respira.

El texto comienza con frases susurradas, desde la cama, en la oscuridad. La protagonista apenas se mueve, emite su discurso desde un espacio hipnagógico, con la necesidad de abrir los ojos, con la dificultad de incorporarse. Va saliendo del sueño, poco a poco, a través de la palabra, a través del hermoso, lúcido y sobrecogedor discurso de Sarah Kane, apoyado en el ritmo de los golpes que, ella, la protagonista, produce sobre la cama. Esa percusión sencilla, es tanto más que efectiva ya que, rodea al texto de una música íntima, orgánica, que reverbera en el espacio como el dolor que aqueja a quien la emite.  

La actriz posee una voz prodigiosa, templada, expresiva, muy rica en matices. Y sabe utilizarla. Maneja los silencios, los tonos e inflexiones, domina el discurso y lo hace suyo, y todo cuanto dice es comprensible, certero y efectivo. Natalia Huarte, actriz, hace un trabajo, excelente, desde la verdad, y eso asoma en la voz y en el cuerpo, un cuerpo al que pone a respirar en agonía y que, es capaz, de conmovernos por su frágil desnudez apenas cubierta por un pañal, un guante o una venda en la muñeca. Son detalles que nos recuerdan que Sarah va a morir. Que lo ha intentado antes. Que está en el umbral entre dos mundos y, sobre todo, que tiene algo que decir. Y que lo dice. El texto de Sarah Kane es denuncia, no es solo síntoma. Natalia está estupenda.

La iluminación es otro de los puntos fuertes de este montaje en el que todos los recursos están perfectamente integrados para llevar adelante una función que, a priori, se antoja difícil. Un monólogo desde la fragilidad más absoluta, la que impera en alguien que sabe que va a morir, que ya lo ha decidido y que no va a dar marcha atrás. En eso, en la cuidada fusión de los lenguajes escénicos radica el éxito de la propuesta. La música de Adrian Foulkes arropa instantes de mucho sentimiento. Es un montaje preciso, potente, emocionante. Y la responsable es la directora, Luz Arcas, que se estrena en el teatro de texto nada menos que con Sarah Kane, una autora de culto que puso fin a su vida, un 20 de febrero, en el hospital donde estaba internada, después de una carrera meteórica en la que demostró que se puede ir más allá y romper los límites convencionales del hecho escénico. Luz Arcas coge el testigo y pone en escena este texto desde un lugar distinto, porque ella sí emplea los diferentes lenguajes posibles de la escena y lo hace con el conocimiento que le otorgan los muchos años sobre las tablas con La Pharmaco, su compañía de Danza Contemporánea.

4.48 Psychosis, el texto, está de plena actualidad ya que muestra el dolor previo al suicidio de una mente crítica, artística, de una lucidez extrema; la mente de una joven cuyo estado es patológico y se está desintegrando, pero es capaz de articular un grito en el que nos reconocemos, ese grito que cuestiona la falta de amor y comprensión y es capaz de criticar, sin paliativos, a una sociedad que oculta el dolor consumiendo calmantes. Arcas detecta este aspecto, importantísimo, en el texto y se aleja del drama en favor de la tragedia. No hay lágrimas, el dolor se manifiesta en movimiento, en la luz, en el silencio, en la pausa; sístole, diástole, tiempo. Respiración. Luz Arcas afronta el legado de Sarah Kane con rasgos de estilo efectivos, personales y pulcros y, al contrario de lo que haría la autora, nos ahorra el doloroso final con un oportuno y sugerente OSCURO.

El público premia la función con un aplauso abundante y merecido. La actriz sale a saludar, una vez y otra vez… A la tercera o así… sonríe.

En fin, una grata experiencia, tanto que desde el minuto 1, ya estaba atrapada por la función, y no escuché las toses (si las hubo) Esto es, siempre, muy de agradecer.







 





martes, 27 de junio de 2023

 

YO ME LLAMO MACHBETH

 

“Perder el sueño, que desteje la intrincada trama del dolor; el sueño, descanso de toda fatiga; alimento el más dulce que se sirve a la mesa de la vida."

W. S.


Para M.M  (Lady)





I


 

Yo aún tenía 13 años. Ella ya había cumplido catorce. Tal vez fue mi primer amor real.

Ella era todo lo que yo quería ser. Era muy lista, valiente y alegre. Yo no. Yo no tenía la piel dorada, ni el pelo ondulado, yo sólo escribía diarios.

Mis padres la odiaban. Los suyos también.

Yo jugaba con ella.

-        - Mírale. Parece un actor antiguo. O mejor, un actor viejo.

-        - Debe de haber sido muy guapo.

-        - Te ha mirado.

-        - Ha mirado hacia aquí.

-        - No. Te ha mirado a ti. Siempre lo hace. Le gustas.

Ella sabía mucho de las personas. Nunca se equivocaba. Aquel hombre solía dar largos paseos por el parque. Fumaba. Y un día nos saludó con un gesto.

-        - Está loco por ti.

-        - ¡Vámonos!

-        - ¡No! Mírale. Está muerto de deseo. Seguro que nadie le ama.

-       - ¡Vámonos!

-        - Es trágico. Es un personaje trágico.

-        - Es viejo.

Le vimos muchos días. Yo aprendí a identificar su deseo por lo que ella decía, por la cara que ponía al hablar de los hombres, no de los chicos. Los chicos, según ella, no servían para nada.

-        - Lo que te pasa es normal. Tiene que ver con las hormonas. Tu cuerpo es el de una mujer, aunque sigas pensando como una niña.

-        - Tú eres más alta.

-        - Son cuerpos distintos. Yo no tengo curvas. Voy más lenta.

Era verdad. Yo parecía una chica de quince o dieciséis. Ella, tan delgada, no necesitaba sujetador, parecía un chico guapo de catorce.

-        - No me gusta mi cuerpo.

-        - A los hombres sí.

Llegó un día en el que yo me descubrí pensando en él, concretamente en la melancolía que arrastraba. Ella sugirió que deberíamos hablarle. Y lo hicimos. Los dos congeniaban muy bien, pero era a mí a quién él miraba todo el tiempo.

-        - ¿De verdad sólo tienes trece años?

-        - Casi catorce.

-        - Los cumple en diciembre ¿Y usted?

-        - Yo… cumplo en mayo.

 

 

II

 

Sólo era un juego.

Lady dijo que tenía que marcharse porque estaba castigada. Él  quedó desconcertado, algo inquieto, empezó a contarme cosas y también me preguntaba. Terminó su petaca, se excusó y se marchó a los arbustos como tantas otras veces. Simplemente esperé diez segundos. Después fui tras él, despacito, como ella había dicho. Me quité la camiseta.

-        - ¡No! No hagas eso ¿Qué haces?

Sentí pena ante la expresión de su rostro, me acerqué, me quité el sujetador. 

Lo demás lo hizo él, y fue breve. Muy breve. Muy torpe. Registré en mi memoria el olor de su boca de adulto, el alcohol y el tabaco, la presión de sus dedos, y aquello que tal vez eran caricias. No quedó ni un resquicio de mi cuerpo que no fuera recorrido por sus manos,  pero yo no sentí nada y, antes de mancharme, me aparté. Se giró y terminó en soledad, como Lady había dicho, en el suelo, agarrado a sí mismo, entre los arbustos. Creo que le oí sollozar. Seguramente ella también.

Lady dijo que no tenía por qué preocuparme.

Solo éramos niñas, la culpa no era nuestra. Él era un hombre adulto, no tenía que haber hecho aquello.

Paseaba por el parque siempre solo, fumaba, nos miraba, intentaba absorber nuestra alegría, a veces se sentaba en el banco y sacaba una petaca, bebía, conversábamos. Lady le animaba a decir cosas, me adulaba. Y cuando anochecía él ya me devoraba con los ojos. Me miraba la boca cuando hablaba.

Así día tras día, todo el verano.

Por eso al final yo hice lo que Lady me pidió.

 

Corrí para llegar a casa.

 

 

III

 

El vídeo era explícito, pero no se veía mi rostro, sólo a él.

-        - ¿Qué crees que pensaría su mujer?

 

 

IV

 

Su mujer lo vio colgando de una viga del garaje. No dejó ninguna carta. Tenía dos niños pequeños, supimos muchas más cosas de él cuando murió. Se llamaba Duncan, era profesor de instituto.

No supo encajar la derrota.

 

 

V

 

Mucha gente nos había visto juntos a los tres, en aquel banco del parque.

Lady dijo que tendríamos que borrar el video, que en verdad era un fastidio no haber visto el cuerpo, que tal vez habría sido fascinante porque en Duncan se juntaban el amor y la muerte. Y dijo también que yo era afortunada.

Sin embargo, empecé a dormir mal.

 

 

VI

 

Me enseñó un pedacito de papel.

-        - ¿Qué es?

-        - Un secante, sólo tienes que dejarlo en la lengua, un ratito. Dejar que se deshaga. Después te lo tragas.

-        - ¿Seguro?

-        - No dejes que te toque los dientes.

Ella hizo lo propio

Un trocito de papel con un dibujo: un triángulo azul con una flecha.

Mi primera discoteca.

Nos habíamos pintado los labios con un rouge que ella robó en alguna tienda, se había puesto encima un pantalón muy ajustado y un top que le quedaba diminuto. Yo llevaba un vestido muy corto. Cumplía quince años, pero no hubo problema en la entrada.

-        - ¿Qué va a pasar?

-       - No lo sé. Nadie lo sabe. Es conocimiento, experiencia ¿lo entiendes?  Muy pronto crecerás, te harán responsable de tus actos. Ahora es el momento de probar. Te gustará. Se trata de aprender.

De pronto las paredes empezaron a acolcharse y la piel se me llenaba de sonrisas, veía a Lady al fondo, lejos, muy lejos, mis sentidos jugaban a cambiar las proporciones, las distancias, pero ella tenía razón. Todo era tan… divertido.

-        - Cómo te llamas.

-        - ¡Alicia! – mentí.

-        Era un chico muy guapo, seguramente simple y sensible, con unas orejas largas…

Y entonces las vi a Ellas. Idénticas las tres. Flotaban en el aire, reían, con ojos luminosos, planeaban, levitaban. Me giré hacia la pista y comprobé que estaba llena de lagartos, culebras, ratones, pollitos... las culebras estaban en pie, verticales, todos ellos danzando al compás de DJ Nano.

-        ¡No cese, no cese el trabajo, aunque pese! ¡Que hierva el caldero y la mezcla se espese! ¡No cese, no cese el trabajo, aunque pese! ¡Que hierva el caldero y la mezcla se espese!

Vi girar la pista, lentamente. Yo misma giraba en el centro de las cosas, giraba con Ellas, giraba entre Ellas. Me tocaron. Me elevaron, me sacaron del planeta, me mostraron el futuro.

Me indicaron que yo reinaría.

 

Luego vi muerta a Lady. No sirvió que la besará en los labios. No quiso  despertar. Vivió dieciséis años y nunca fue una niña.

Por lo visto la mató un aneurisma provocado por la ingesta de aquel pedacito de papel.

LSD.

 

 

VII

 

Ahora estudio Psicología.

Y tengo un pequeño secreto: un trabajo especial de seis a diez.

Luego siempre ceno en casa con mis padres, mi familia.

Ellos me quieren, me cuidan, sé que están orgullosos de mí. Yo jamás les he dado un disgusto, siempre he sido obediente y he sacado buenas notas.

Mis hermanas pequeñas me adoran, soy un referente, un modelo a seguir.

Aunque yo solo soy yo cuando trabajo. Soy muy buena porque sé que al otro lado siempre hay alguien que disfruta y aunque yo no pueda verle, él sí puede verme a mí.

También Lady.

Sigue viva en la mirada de esos hombres, tristes, rotos, solitarios, que vienen a mirar mi cuerpo sin poder tocarme.

Sí, lo hago para ella, cada vez. Todas las veces.

Aunque yo no pueda verla ella puede verme a mí.

Y yo sé lo que le gusta.

Lo que nos gusta a las dos…

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 23 de junio de 2023


 

 

MIRADA AZUL 





 

Salgo por fin de la RESAD.  Cojo la moto, acelero... la curva, la curva, me encanta esta curva.  Semáforo en rojo, no hay nadie, 60, 70, 80 y de pronto...   UAUAUAUAUAUAU!!!  - ¡Echese a la derecha por favor! - ¡Venga ya! – Los llevaba detrás.

Me paro a la derecha, se paran detrás de mí y bajan del coche. Mi cerebro trabaja buscando argumentos.

-        ¡Buenas tardes!

-        Buenas…

-        ¿Es tan amable de quitarse el casco?

Me lo quito.

-         Acaba de saltarse un semáforo en rojo.

-         Ya…

-        ¿No lo ha visto?

-         Sí. Sí lo he visto.

-         Es una infracción grave.

Me va a dar la tos. Odio los ataques de tos, me pongo a morir, se me saltan las lágrimas, se me corre el rimmel, no puedo hablar.

-         Conlleva una sanción de 200 euros.

Asma. Lo que faltaba.

-         Una rebaja de cuatro puntos …

Un golpe de tos me parte por la mitad, decido aprovechar la coyuntura y me agarro a su brazo, el ataque es violento, muy violento, no puedo respirar, él también me agarra, me dejo caer al suelo (la verdad es que no es para tanto) pero ya puestos… Se acerca el otro.

-          ¡A… gua!!

Les señalo la mochila. Recuerdo que me acabé el agua en el banco de la RESAD mientras me fumaba un cigarro. Pero el policía mira, busca…

-          Terb.. terb… as… min…

Por supuesto no llevo Terbasmin en la mochila. Hace mucho que renuncié a los inhaladores. Pero el policía mira, busca… luego se va al coche, trae una botella de agua. Bebo. Poco a poco mejor. Imagino mi rostro como el de Ana Magnani en “PIEL DE SERPIENTE”, así, destruido, de salvaje y patética belleza y le digo al policía – Muchas gracias.

-         ¿Se puede incorporar?

-       Sí, sí, si estoy bien, es solo que… no sé. No lo sé. Lo del semáforo. De verdad que lo siento.

De pronto me fijo en sus ojos, tiene los ojos azules. Mirada azul - ¡Maldición, estoy perdida!

-          ¿Está tomando alguna medicación?

-          Sí, esto.

 Le enseño el jarabe. Lo mira.

-          ¿Nada más?

Es un bucle, un deja vú, llevo todo el día igual, a saltos.

-           Déjeme la documentación.

No me gusta el cariz que están tomando las cosas; ¿200 euros? ¿cuatro puntos de carnet? Saco de la mochila la carpeta azul; soy una persona ordenada, llevo todos mis papeles en regla. El otro policía se va al coche, éste la abre y se desparraman un montón de poemas de mierda escritos en horas bajas.

-           Jo, ya no me acordaba…

Se pone a mirarlo todo, está en orden, le da los datos al del coche que empieza a hablar con Tráfico.

-           Vamos a proceder a rellenar la sanción. ¿La va a querer firmar?

Me quedo sin recursos, niego con la cabeza, me va a clavar la multa. Tiene unos ojos increíblemente azules. ¡Joder! ¡Me va a clavar la multa! ¡Se está yendo al coche a por el bloc de las multas! ¡Joder, joder, joder!

-           ¡Estoy enamorada!

Vaya cagada, a ver como sigo ahora.

-           ¿Cómo dice?

Me apoyo levemente en el coche que tengo detrás, simulo una respiración entrecortada, no dejo de mirarle. Se acerca otra vez.

-           ¿Se encuentra bien?

-           No, no estoy bien. Estoy enamorada.

Aprovecho su  desconcierto y antes de que reaccione empiezo a hablar mirando al suelo.

-          Enamorada. Encelada. ¿Lo entiendes? Como los gatos. ¿Nunca has visto un gato en celo?  No comen, no duermen, muchos mueren atropellados porque todos sus sentidos están solo en una cosa, no ven el peligro. Los machos pelean entre ellos, pelean con las hembras, las gatas les vuelven locos, las gatas sufren. El celo de los gatos es dolor. Solo hay una forma de calmar el dolor. (Hago pausa con efecto y le miro) - Copular.

 

-           Yo tengo un gato. Un siamés.

Increíble. El chico de la mirada azul tiene un gato. Y es policía.

-           Entonces sabes de lo que hablo.

-           Sí. Pero tú no eres un gato. Eres una persona. No puedes ir por ahí saltándote semáforos en rojo.

Increíble. El chico de la mirada azul me está tuteando. Y es policía.

-           Me da todo igual.

-           Pues muy mal.

-           Ya lo sé.

Me devuelve mi carpeta azul. El otro policía nos observa desde el coche.

-           Mira, por esta vez… voy a pasarlo por alto. Pero no hagas esas cosas, por favor. No te imaginas las consecuencias. Yo lo veo todos los días. No es agradable. Te aseguro que no es agradable.

No deja de observar mientras me pongo los guantes y el casco. Luego se va al coche. Yo enciendo, desmonto y arranco la moto. Tengo un nudo en la garganta. De frente, a lo lejos, un semáforo en ámbar, 60, 70, 80… decido frenar en el último instante.

Destellos azules por la espalda…





viernes, 16 de junio de 2023


   HABERLAS... HAYLAS






El principio de superposición cuántica es probabilístico, y afirma que una partícula puede estar en varios sitios distintos a la vez, pero, si el estado de la partícula es un estado puro, se puede afirmar que dicha partícula no está en ningún sitio hasta que se observa y se mide, momento en el que se ubica de forma concreta.

Erwin Schrödinger


           Bilocarse según RAE: acción de estar en dos sitios a la vez.                                 


                                             

Maruxa tenía el pelo largo, blanco y ondulado, inusualmente fuerte y abundante. A veces lo llevaba en trenza y a veces, suelto, sobre la espalda. Era la hermana mayor de mi abuela y la única mujer de la aldea que no escondía el pelo bajo un pañuelo negro. En aquel tiempo era normal que las mujeres vistieran de negro, también era frecuente ceder algún hijo a un familiar para que lo sacara adelante, nuestra familia era humilde y Maruxa, a botoneira, se encargó de criar a mi madre. En verano visitaba otras aldeas cortando los botones de la ropa de los muertos, los pedía y se los daban. Los guardaba en su mandil y, con ellos, leía las suertes de los que, en invierno, bajaban desde Santiago para consultarle, a ella, cómo hacer para quedar preñada, o cómo bajarle al marido la fiebre de otras mujeres, o cómo mejorar la granja. Nunca faltaba alimento en su despensa, ni gallinas en su corral. Maruxa protegía los límites de la aldea y quitaba meigallos a cambio de unas patatas, unos grelos o unas conservas. Consideraba a mi madre su heredera y cuando ella creció y se marchó de la aldea para labrarse un futuro en Madrid, aseguró que volvería para asumir su legado, pero mi madre no lo hizo. Nunca quiso oír hablar de brujerías. Ella se enamoró, se casó y regresó del brazo de mi padre, que era un hombre del sur; un forastero. Maruxa, contrariada, aseguró que aquel matrimonio jamás daría fruto, sin embargo, mi llegada a este mundo le quitó la razón y entonces, ella, se empeñó en conocerme.

Mi padre nos llevaba a la aldea a primeros de junio y pasaba con nosotras su mes de vacaciones, que era agosto, pero luego retornaba a Madrid y no subía a buscarnos hasta el final de septiembre. Maruxa quería saber quién era yo, y me buscaba. Mi madre, por el contrario, temía posibles encuentros y me exigía correr si la veía. Yo tenía prohibido hablar con ella y no debía mirarla a los ojos ni tocar las tazas blancas que, misteriosamente, aparecían en la proximidad de nuestra casa. Y, sí, yo la vi varias veces. Y corrí, como quería mi madre, sin mirarla, sin saber muy bien por qué, presa de un miedo ancestral, heredado, que algo tenía de superstición y mucho de curiosidad. A veces me encontraba yo, con ella, de golpe, a la vuelta de un recodo del camino, o asomando por detrás del camposanto, o sentada en la piedra del cruceiro, pero no la miraba. Siempre huía.

Un día, mi padre, que nada sabía de estas cuestiones, quiso visitar el Monasterio de San Antoniño de Herbón, un convento franciscano, en Padrón, a algo más de una veintena de kilómetros de la aldea. Se montó en el coche con su amigo Eduardo y yo me instalé, como siempre, en el asiento de atrás. Pegué mi cara a la ventanilla. Tenía siete años y medio y me encantaba ir mirándolo todo. Y cantar.

Dejamos atrás la taberna, la parroquia, los hórreos, el maizal… El coche se detuvo en el paso a nivel que quedaba a las afueras de la aldea y a mí me dio un vuelco el corazón. Parada al otro lado de la vía, Maruxa, con un cesto de manzanas bajo el brazo y una vara de eucalipto en la otra mano, aguardaba a que pasara nuestro coche y su mirada ya estaba clavada en la mía. Por fin la barrera se elevó y nos cruzamos. Mi padre no tenía ni idea de quién era, pero ella y yo nos miramos, largamente, como a cámara lenta. Inclinó levemente la cabeza hacia mí e hizo un gesto, tal vez una media sonrisa. Después se giró y comenzó a caminar en dirección a la aldea al tiempo que el coche avanzaba y yo también me giraba en mi asiento para no marearme, pero, aunque no la miraba, la veía alejarse en el espejo y, poco a poco, me fui tranquilizando.

Transcurrió algo más de media hora hasta llegar al Monasterio. No sé de qué hablaron mi padre y su amigo durante el trayecto porque yo iba cantando en el asiento de atrás, ajena a sus voces, concentrada en lo mío, contemplando el paisaje amable y verde del que puede presumir toda Iria Flavia. Nos cruzamos con algún carro de bueyes y también vimos mujeres, casi todas con un cántaro en la testa, ligeras, caminando, en un derroche admirable de equilibrio.

Por fin apareció, majestuoso, el monasterio, y aparcamos al inicio de la cuesta. Recuerdo contemplar, por un segundo, aquel camino de piedra que conduce a la entrada y correr para llegar la primera a la fuente. A mis siete años y medio prefería ir corriendo a todas partes. La fuente era un caño de manantial y el agua se recogía, a ras de suelo, en un pilón de piedra con forma de concha de vieira. Era una agua fresca y fina con sabor a piedra antigua, con sabor a zarza verde. Me agaché y puse mis manos, como un cuenco, bajo el caño. Disfruté del frescor juguetón en las palmas, bebí, respiré, cerré los ojos, y al abrirlos… sufrí un leve sobresalto porque, entonces, pude ver una imagen sorprendente que no había visto antes. En el fondo de la pila, cruzados, amarrados por un cordel brillante, me observaban dos peces azules que no estaban muertos, aunque no se movían. Permanecían quietos. Me alarmó y me giré bruscamente buscando a mi padre, pero estaba muy lejos, aún al lado del coche, de espaldas al monasterio, con su amigo, los dos mirando el monte, como en otro universo.

Sin embargo, al levantarme, me encontré frente a frente con Maruxa y me quedé paralizada.

Allí estaba, de pie, junto a la fuente, con su blanca melena trenzada sobre el pecho, hasta la cintura, cogida una mano con la otra sobre la saya larga y negra, con sus azules ojos clavados en los míos. Yo era solo una niña, pero se me encendió una luz de alarma ante el hecho incomprensible. No podía estar allí porque yo la había visto alejarse en dirección a la aldea hacía ya un buen rato. Nosotros habíamos viajado en coche, pero ¿ella? No tenía forma alguna de llegar y, además, no estaba allí un segundo antes. ¿Por dónde había venido? ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Volando acaso? Y qué significaban esos peces ¡Era imposible, imposible, imposible! Quise gritar para avisar a mi padre, pero no pude hacerlo, un silencio absoluto se había apoderado del paisaje y se había instalado en mi garganta, no se oían los pájaros del bosque, ni el murmullo del agua en la fuente. No podía hablar, ni moverme, y me angustié. Entonces habló ella, pero no abrió la boca para hacerlo, le habló directamente a mi cerebro, desde el suyo, sin desviar de mí sus ojos tan azules. Y dijo, simplemente: Nada é imposible, rapaza. Somos unha familia, ti non teñas medo. Pero yo sí lo tenía y, como pude, me libré de aquel extraño sortilegio y me giré hacia mi padre y su amigo que avanzaban hacia mí, tranquilamente. Y corrí para alcanzarlos. Al mirar nuevamente hacia el caño Maruxa ya no estaba o, al menos, ya no podía verla. Mi padre se agachó para beber y yo miré al fondo de la pila. Tampoco estaban los peces.

Mi abuelita murió aquel invierno y mi madre no quiso volver a la aldea. Yo lo hice muchos años después y al bajarme del coche, que aparqué junto al cruceiro, respiré contemplando aquel paraje, tan querido y, tan mío. Y volví a ser esa niña hiperactiva que bajaba al lavadero a coger ranas y pintaba, con tizas de colores, en las tumbas del pequeño cementerio. La niña, medio rara, que bebía el orvallo y deshacía las nubes, la que hablaba con los pájaros del bosque y las arañas. La niña que corría y cantaba todo el tiempo.  La que un día aprendió, junto a una fuente, que nada es imposible y que no hay que tener miedo porque ella pertenece a una familia, una estirpe poderosa, la de Las Nobles Damas de  Blanca Cabellera, capaces de saltar de un tiempo a otro, de andar entre los muertos y los vivos, de estar en todas partes… y en ninguna.



 


 

 

 

 

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                             BIDUIDO. LAREIRA.                                         ...---... Yo lo dije, sí, lo dije. Lo dije de todas l...