viernes, 16 de junio de 2023


   HABERLAS... HAYLAS






El principio de superposición cuántica es probabilístico, y afirma que una partícula puede estar en varios sitios distintos a la vez, pero, si el estado de la partícula es un estado puro, se puede afirmar que dicha partícula no está en ningún sitio hasta que se observa y se mide, momento en el que se ubica de forma concreta.

Erwin Schrödinger


           Bilocarse según RAE: acción de estar en dos sitios a la vez.                                 


                                             

Maruxa tenía el pelo largo, blanco y ondulado, inusualmente fuerte y abundante. A veces lo llevaba en trenza y a veces, suelto, sobre la espalda. Era la hermana mayor de mi abuela y la única mujer de la aldea que no escondía el pelo bajo un pañuelo negro. En aquel tiempo era normal que las mujeres vistieran de negro, también era frecuente ceder algún hijo a un familiar para que lo sacara adelante, nuestra familia era humilde y Maruxa, a botoneira, se encargó de criar a mi madre. En verano visitaba otras aldeas cortando los botones de la ropa de los muertos, los pedía y se los daban. Los guardaba en su mandil y, con ellos, leía las suertes de los que, en invierno, bajaban desde Santiago para consultarle, a ella, cómo hacer para quedar preñada, o cómo bajarle al marido la fiebre de otras mujeres, o cómo mejorar la granja. Nunca faltaba alimento en su despensa, ni gallinas en su corral. Maruxa protegía los límites de la aldea y quitaba meigallos a cambio de unas patatas, unos grelos o unas conservas. Consideraba a mi madre su heredera y cuando ella creció y se marchó de la aldea para labrarse un futuro en Madrid, aseguró que volvería para asumir su legado, pero mi madre no lo hizo. Nunca quiso oír hablar de brujerías. Ella se enamoró, se casó y regresó del brazo de mi padre, que era un hombre del sur; un forastero. Maruxa, contrariada, aseguró que aquel matrimonio jamás daría fruto, sin embargo, mi llegada a este mundo le quitó la razón y entonces, ella, se empeñó en conocerme.

Mi padre nos llevaba a la aldea a primeros de junio y pasaba con nosotras su mes de vacaciones, que era agosto, pero luego retornaba a Madrid y no subía a buscarnos hasta el final de septiembre. Maruxa quería saber quién era yo, y me buscaba. Mi madre, por el contrario, temía posibles encuentros y me exigía correr si la veía. Yo tenía prohibido hablar con ella y no debía mirarla a los ojos ni tocar las tazas blancas que, misteriosamente, aparecían en la proximidad de nuestra casa. Y, sí, yo la vi varias veces. Y corrí, como quería mi madre, sin mirarla, sin saber muy bien por qué, presa de un miedo ancestral, heredado, que algo tenía de superstición y mucho de curiosidad. A veces me encontraba yo, con ella, de golpe, a la vuelta de un recodo del camino, o asomando por detrás del camposanto, o sentada en la piedra del cruceiro, pero no la miraba. Siempre huía.

Un día, mi padre, que nada sabía de estas cuestiones, quiso visitar el Monasterio de San Antoniño de Herbón, un convento franciscano, en Padrón, a algo más de una veintena de kilómetros de la aldea. Se montó en el coche con su amigo Eduardo y yo me instalé, como siempre, en el asiento de atrás. Pegué mi cara a la ventanilla. Tenía siete años y medio y me encantaba ir mirándolo todo. Y cantar.

Dejamos atrás la taberna, la parroquia, los hórreos, el maizal… El coche se detuvo en el paso a nivel que quedaba a las afueras de la aldea y a mí me dio un vuelco el corazón. Parada al otro lado de la vía, Maruxa, con un cesto de manzanas bajo el brazo y una vara de eucalipto en la otra mano, aguardaba a que pasara nuestro coche y su mirada ya estaba clavada en la mía. Por fin la barrera se elevó y nos cruzamos. Mi padre no tenía ni idea de quién era, pero ella y yo nos miramos, largamente, como a cámara lenta. Inclinó levemente la cabeza hacia mí e hizo un gesto, tal vez una media sonrisa. Después se giró y comenzó a caminar en dirección a la aldea al tiempo que el coche avanzaba y yo también me giraba en mi asiento para no marearme, pero, aunque no la miraba, la veía alejarse en el espejo y, poco a poco, me fui tranquilizando.

Transcurrió algo más de media hora hasta llegar al Monasterio. No sé de qué hablaron mi padre y su amigo durante el trayecto porque yo iba cantando en el asiento de atrás, ajena a sus voces, concentrada en lo mío, contemplando el paisaje amable y verde del que puede presumir toda Iria Flavia. Nos cruzamos con algún carro de bueyes y también vimos mujeres, casi todas con un cántaro en la testa, ligeras, caminando, en un derroche admirable de equilibrio.

Por fin apareció, majestuoso, el monasterio, y aparcamos al inicio de la cuesta. Recuerdo contemplar, por un segundo, aquel camino de piedra que conduce a la entrada y correr para llegar la primera a la fuente. A mis siete años y medio prefería ir corriendo a todas partes. La fuente era un caño de manantial y el agua se recogía, a ras de suelo, en un pilón de piedra con forma de concha de vieira. Era una agua fresca y fina con sabor a piedra antigua, con sabor a zarza verde. Me agaché y puse mis manos, como un cuenco, bajo el caño. Disfruté del frescor juguetón en las palmas, bebí, respiré, cerré los ojos, y al abrirlos… sufrí un leve sobresalto porque, entonces, pude ver una imagen sorprendente que no había visto antes. En el fondo de la pila, cruzados, amarrados por un cordel brillante, me observaban dos peces azules que no estaban muertos, aunque no se movían. Permanecían quietos. Me alarmó y me giré bruscamente buscando a mi padre, pero estaba muy lejos, aún al lado del coche, de espaldas al monasterio, con su amigo, los dos mirando el monte, como en otro universo.

Sin embargo, al levantarme, me encontré frente a frente con Maruxa y me quedé paralizada.

Allí estaba, de pie, junto a la fuente, con su blanca melena trenzada sobre el pecho, hasta la cintura, cogida una mano con la otra sobre la saya larga y negra, con sus azules ojos clavados en los míos. Yo era solo una niña, pero se me encendió una luz de alarma ante el hecho incomprensible. No podía estar allí porque yo la había visto alejarse en dirección a la aldea hacía ya un buen rato. Nosotros habíamos viajado en coche, pero ¿ella? No tenía forma alguna de llegar y, además, no estaba allí un segundo antes. ¿Por dónde había venido? ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Volando acaso? Y qué significaban esos peces ¡Era imposible, imposible, imposible! Quise gritar para avisar a mi padre, pero no pude hacerlo, un silencio absoluto se había apoderado del paisaje y se había instalado en mi garganta, no se oían los pájaros del bosque, ni el murmullo del agua en la fuente. No podía hablar, ni moverme, y me angustié. Entonces habló ella, pero no abrió la boca para hacerlo, le habló directamente a mi cerebro, desde el suyo, sin desviar de mí sus ojos tan azules. Y dijo, simplemente: Nada é imposible, rapaza. Somos unha familia, ti non teñas medo. Pero yo sí lo tenía y, como pude, me libré de aquel extraño sortilegio y me giré hacia mi padre y su amigo que avanzaban hacia mí, tranquilamente. Y corrí para alcanzarlos. Al mirar nuevamente hacia el caño Maruxa ya no estaba o, al menos, ya no podía verla. Mi padre se agachó para beber y yo miré al fondo de la pila. Tampoco estaban los peces.

Mi abuelita murió aquel invierno y mi madre no quiso volver a la aldea. Yo lo hice muchos años después y al bajarme del coche, que aparqué junto al cruceiro, respiré contemplando aquel paraje, tan querido y, tan mío. Y volví a ser esa niña hiperactiva que bajaba al lavadero a coger ranas y pintaba, con tizas de colores, en las tumbas del pequeño cementerio. La niña, medio rara, que bebía el orvallo y deshacía las nubes, la que hablaba con los pájaros del bosque y las arañas. La niña que corría y cantaba todo el tiempo.  La que un día aprendió, junto a una fuente, que nada es imposible y que no hay que tener miedo porque ella pertenece a una familia, una estirpe poderosa, la de Las Nobles Damas de  Blanca Cabellera, capaces de saltar de un tiempo a otro, de andar entre los muertos y los vivos, de estar en todas partes… y en ninguna.



 


 

 

 

 

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