QUIERO SER COMO LA GRETSCH DE MALCOLM
YOUNG
Hace tiempo que dejé
de brillar.
Da lo mismo, para
él siempre he sido la mejor: su favorita.
Al principio viajábamos mucho, cada día era una puta locura y cada noche él
iba un poco más allá, se lanzaba a tumba abierta. Se dejaba llevar por un deseo
brutal de descontrol. Una vez me estrelló contra el suelo, me arrastró, estuvo a
punto de rociarme con alcohol y gasolina y de quemarme. Eso no hubiera tenido mucha
gracia, pero no sucedió. De milagro. Otras muchas no tuvieron tanta suerte y
acabaron sus días destrozadas. Woodstock, qué tiempos. Conocí todos los pubs de
Nueva York y pasé de mano en mano muchas veces. Al final él siempre me
reclamaba, yo era suya, jamás se iba a casa sin mí. Mucho wiski, cocaína ¡Y
heroína! Lo llamaban polvo de ángel, pero era del demonio el polvo aquel.
Destrozó muchas cabezas y arruinó unos cuantos cuerpos, luego el SIDA se llevó
mucha gente a la tumba, Freddie, querido… y a mí, bueno, qué decir: tengo el
alma partida por tres sitios. Una ostia contra un muro, la segunda una columna,
la tercera me lanzó de un coche en marcha, qué más da. Incontables cicatrices,
desconchones, pero sigo estando aquí.
Le gustaba fumarse un canuto y tumbarse conmigo, en la cama, y hacer esas
cosas, tan raras, con los dedos. Me tocaba con los ojos cerrados, escuchaba, me
volvía a tocar, susurraba, y el tiempo se paraba entre nosotros porque él no
confiaba nunca en nadie más que en mí. Nadie escucha como yo a su corazón. Lo
he sentido palpitar sobre mi cuerpo. Yo le he visto llorar, vomitar,
descojonarse. Se volvía paranoico con las drogas y escapaba del terror, tarareando,
construyendo en mi cuerpo escaleras al cielo[1],
por si alguna mujer se las compraba. Si lo hacía se acostaba con ella, pero luego
venía a buscarme. Siempre ha preferido, en el fondo, estar conmigo.
Él es distinto ahora, duerme mucho. Parece otra persona…Me estremezco al
recordar aquellos tiempos porque ya no volverán, es imposible.
Un día llegó ella y se quedó a cantar con él. A su lado derribó todos los
muros[2],
le hizo niño en el tiempo,[3] le salvó de sí mismo. Se lanzó, junto a él,
por las colinas[4] y
bailaron apretados a través del universo[5].
Una chica muy brava y valiente que no tuvo celos, que supo entender, que adoraba
quedarse despierta mirando cómo él me tocaba. Sí, me gusta. Una chica sin miedo
a morir.
Ahora es ella quien me lleva hasta su cama porque él ya no puede andar, ella
es quien me saca del estuche, me afina y me coloca en su regazo. Y luego se
tumba al lado nuestro. Deposita, con cuidado, cada dedo en cada traste, y hace acordes,
y él, entonces, sólo entonces, recupera una sonrisa algo torcida y saca fuerzas
de quién sabe qué lugar de su memoria y tararea melodías, como antaño. Yo le
escucho, atentamente, porque canta muy bajito. No me enchufa. No hace falta. Yo
me dejo acariciar y, entre los tres, creamos mundos cada vez más intangibles.
Pero sé que el show se acaba y que se hará su voluntad.
Él ha dicho que no quiere marchar solo. Yo no voy a abandonarle. Yo no tengo
sentido sin sus manos. ¿Qué podría hacer sin él? Quiero ser como la Gretsch
de Malcolm Young, viajar, sobre su caja, al otro lado. Será un último honor que
él me concede. A mí; la mejor de sus guitarras, la más fiel. Nadie puede
impedirlo, es su deseo. Estaremos los dos juntos para siempre, silenciosas mis
cuerdas sin sus dedos, silencioso también su corazón.

