Confesiones de una chica argeñola
Desde la rabia
La cuestión es que vos no me amás desde hace tiempo. Y que no
te atreviste a volar. Te quedaste. Te
quedaste y no hablaste. No gritaste las cosas a tiempo.
Y sós un tipo magnífico, espléndido, prodigioso. Un tipo
especial para todas. Pero no para mí. Para mí ya no estás, para mí solo asco y
violencia o, quizás, la humillante indiferencia (que es tu fuerte). Dominar,
lastimar. O ignorar. Humillar, en todo caso.
Y lo mismo sucede conmigo. Yo soy única, fantástica, especial,
deseable, linda y talentosa. Pero ya no lo soy para vos. Vos no lo ves. Mis
dones ya no están a tu alcance. No podés verlos. Para vos solo soy una tipa
molesta, tu esposa, que perdió la cintura y le engrosaron las piernas; vieja, gorda
chismosa, bajona. Dijo al cazo la sartén.
Yo te veo ridículo, inculto, baboso, anticuado. Carente de atractivo.
Nos hemos borrado mutuamente, nos hemos anulado, quemado y
destruido y lo hemos hecho a conciencia, al menos yo. Lo bueno se esfumó. Las
pocas cenizas que dejamos, un golpe de viento las voló y no queda nada. Como en
esa canción de Jeannette. “Nada”. Paripé decís vos, pero, no. De verdad no
queda nada. Solamente papeles firmados, con la heladera llena y el coche a punto.
Da igual. Ya no queda ningún sitio a donde ir agarrados de la mano. No podemos
descubrir lugares nuevos. Hemos hollado y discutido, hasta la sangre, en todas
partes.
Lo distinto es que a mí me produce tristeza, pero, a vos, te
resulta indiferente, por eso me parece que sos un narcisista, o un autista, y yo
soy una boluda.
Y creo que aún te amo, puta escoria. Yo creo que aún te amo.
(1/5/2025
– Madrid)
298
palabras
