Me gusta mucho hablar con Juan.
Es grande, gordo y buena gente. Y abraza como nadie. Me siento segura entre sus brazos, confortable.
Tiene el pelo ensortijado y los
ojos como dos puñaladas.
De pequeños andábamos por ahí,
medio en pelotas, trepando por los tejados y colándonos en casas abandonadas.
Juan era un tipo aventurero, y un cocazo. A los 13 fabricó una bomba, pero algo
salió mal porque explotó antes de tiempo y tiró abajo la caseta en la que
estábamos con otro. Al otro le cayó una viga encima y salió sangrando. Juan se
quemó las manos. Tuvimos que abrirnos enseguida porque ya se acercaban las
sirenas. ETA estaba en la mente de todos, eran los años de plomo y la explosión
se escuchó por todo el barrio.
Juan, el otro, y yo, nos curamos
en la fuente.
En otra ocasión nos echaron del
Insti. Nos pillaron borrachos, dentro de un armario, Juan se estaba liando un
porro. Éramos seis, apretados, Juan y yo, y otros cinco.
Poco tiempo después se compró
una guitarra, una Gibson Les Paul reventada, y aprendió a tocar de oreja,
básicamente, dos canciones: Smoke on the wáter y Starway to heaven.
Las tocaba TODO el tiempo.
Yo también me las aprendí de
memoria.
Estudiamos Periodismo en la
misma Facultad y a los dos
nos molestaban los espejos y los pijos.
Juan y yo tenemos cosas en
común. Vivimos en solemnes caserones heredados que no hubiéramos podido
adquirir, por nuestra cuenta, en ningún caso, porque no somos gente de provecho,
sino golfos. No nos fuimos del barrio en los 90, como hicieron casi todos. No
vendimos para sacar una pasta y mudarnos a un piso en el Centro. Nosotros nos
quedamos aquí, en la Colonia, nuestro barrio con jardines de toda la vida.
Los nuevos vecinos nos
desprecian y nos temen, son muy pijos; cayetanos. A Juan y a mí nos la sopla
bastante.
Me jode, sin embargo, que, a
veces, cuando vuelvo de marcha, a las cinco o las seis de la mañana, me lo
encuentro desnudo, derramado sobre el paso de cebra, boca arriba, con su cuerpo
inmenso y blanco ofrecido, como él dice, a las estrellas. Aunque no se ve
ninguna. Siempre me paro y le pregunto lo mismo - ¿Has dejado de tomar la
medicación? - Y él me mira de reojo y me responde –– Pues
sí, porque si la tomo no me empalmo. – Me tumbo a su lado, en el suelo, y
compruebo que no miente. Sonríe. Me abraza. Es feliz. Hablamos del amor y de la
muerte, y luego Juan me dibuja un laberinto en la muñeca hasta que, por fin,
amanece por el Este y le parece prudente retirarse. Le dejo en el jardín de su
casa y me voy a dormir. Cuando me levante, a mediodía, el laberinto estará
intacto y sus persianas seguirán bajadas.
Juan tiene esquizofrenia. Por
eso le medican. Por eso está tan gordo y dibuja laberintos. Por eso se fuma
tres paquetes diarios de Marlboro y abarrota sus cuadernos de símbolos,
números, y cosas que no entiendo. Él dice que son fórmulas alquímicas. Yo le
creo porque es muy inteligente.
A veces, cuando estamos él y yo
tomando algo, se pone a hablar con gente que no veo y eso a mí me descoloca,
pero siempre me dice con ternura – No te angusties, Lolita, están ahí. Lo
que pasa es que tú no puedes verlos. Vienen sólo a verme a mí.
Aunque no pueda ver a sus amigos
yo puedo recorrer su laberinto porque él lo dibuja en mi muñeca. Ocupamos
dimensiones diferentes, otros planos, pero hay una intersección de
espacio-tiempo que permite que podamos abrazarnos sobre el paso de cebra de su
calle. Juan dice que es un vórtice magnético y yo le creo porque es muy inteligente.
Y tampoco me tomo las pastillas. Yo no tengo problemas de erección, pero me entra una tristeza muy profunda y no
encuentro el camino de regreso. Si me tomo las pastillas Juan no viene y entonces…
todo es gris, se me quitan las ganas de bailar, de abrazar, de divertirme. Si
las tomo se borra el laberinto y no sé cómo salir, me pierdo y, lo que es mucho
peor, le pierdo a él. No consigo encontrarle en ningún sitio, ni siquiera en el
recuerdo, ni en los sueños. Es una soledad insoportable.
Por eso no las tomo.
He quedado con él dentro de un
rato y ya le veo. ¡Es aquel que viene andando por allí! ¡Va fumándose un canuto!
¡Mira el humo!
¿Dices que no puedes verle? ¡Si es aquel! Aquel de allí...
¿De verdad no puedes verle?
Vale, está bien, no te angusties, lo entiendo; tiene que haber de todo.
Yo elijo quedarme con Juan, pero tú… dime…
tú…
¿Qué pastillas tomas tú?

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