El hotel no pinta mal.
Está en lo alto de un
breve acantilado y tiene la entrada por detrás.
Se accede desde un
camino seco y polvoriento, cercado por chumberas, palmeras, mucha paja, y
caracoles muertos. Docenas de caracoles muertos. Secos. Solo cáscaras. Y una
última baba, quebradiza, en la entrada a la concha, más fina que un papel de
fumar. No sé por qué están ahí esos caracoles.
Al final del camino hay
un trocito asfaltado, una especie de plazuela ante la entrada.
Son sesenta
habitaciones.
La playa no es
recomendable. Se trata de una cala rocosa, sin arena. Para acceder hay que
bajar setenta y cuatro escalones de piedra. Para subir es mejor rodear el
acantilado y retornar por un extraño caminito que enseguida se vuelve
polvoriento y serpentea, durante más de un kilómetro, hasta morir en la entrada
asfaltada.
La gente prefiere la
piscina.
Yo bajaba a la playa. Me
llevaba una silla plegable y un sombrero. Un macuto con agua, protector solar,
dos libros, un cuaderno, un boli y las acuarelas. El móvil era inútil, en la
cala no había cobertura. Solo una chiquilla aparecía, de vez en cuando, por
entre las rocas, con un morral azul de bandolera. Se sentaba, sin mirarme, en
una barca abandonada y se ponía a leer. Yo, a veces, levantaba la mirada y ya
no estaba.
Debía de tener unos
catorce, larguirucha, asexuada, pecosa, con el pelo rizado. Ya la había visto en
el hotel; en la entrada, en la escalera, en el pasillo… debía de ser, deduje, la
hija de algún empleado. Siempre sola.
Un día se cruzaron
nuestras miradas, y las dos, no sé por qué, nos sonreímos. Se acercó.
- Hola.
- ¡Hey!
- Me
llamo Alenda.
-
¡Alenda!
¡Qué bonito!
-
Significa
más allá del horizonte.
-
Yo
me llamo Lola.
-
Ya.
Lo sé.
-
¿Lo
sabes?
-
Sí.
Alenda era ingenua y
divertida. A veces subíamos juntas, por el camino que bordea la cala, sorteando
las conchas de un millón de caracoles. Luego ella se desviaba por detrás del
hotel.
-
No
pasa nada si los pisas – dijo un día – están muertos. Son conchas vacías.
-
Aun
así, me da cosa. No comprendo por qué están aquí.
Meditó por un instante y
luego dijo - ¡Ven! ¡Sígueme!
Empezó a corretear por
el sendero y la seguí. Se detuvo en la entrada de una cueva.
-
¡Vaya!
A unos metros de la
entrada, la cueva exhalaba humedad. - ¡Mira!
Y miré. Miles, millones
de caracoles por todas partes, pegados al techo y las paredes, quietos, sí,
pero vivos.
-
Están
dormidos – dijo - Por la noche despiertan y abandonan la cueva, pero a veces se
despistan y el sol sale. No les da tiempo a volver, el sol los quema en su
camino de regreso. Son tan lentos… mueren deshidratados. ¡Cuidado! – gritó - ¡Ahí
hay un barranco!
Me detuve. Ciertamente,
ante mis pies todo era negro, no se veía el fondo, solamente... caracoles.
-
¿Nos
vamos? – dijo. Y la seguí de vuelta. Como siempre en el hotel nos separamos.
Dos días después yo me
marchaba.
Cuando ya estaba a punto
de salir, maleta en mano, descubrí aquella foto en Recepción.
-
¿Es
su hija?
-
No
– dijo el conserje – Es Alenda, la nieta del dueño del hotel – me entregó con
parsimonia el DNI. – En septiembre hará dos años que murió.
- Vaya. Pobre... - Respondí
- Se despeñó en la cueva. Siempre andaba enredando
por allí, parece que pisó unos caracoles. Resbaló.
Pude ver que el autocar estaba
ya frente a la puerta.
Le entregué la maleta al
conductor que la ubicó junto a las otras, subí, me senté y cerré los ojos. Al abrirlos me encontré con su sonrisa
desde el retrovisor, estaba sentada en un asiento, cuatro filas por detrás. Me
hizo un gesto con la mano y yo también le sonreí. Arrancó el autocar con destino a Madrid.
Ahora, Alenda, va conmigo
a todas partes. Es una de mis amigas “especiales”.
¿Te apetece conocerla?