YO
ME LLAMO MACHBETH
“Perder el sueño, que
desteje la intrincada trama del dolor; el sueño, descanso de toda fatiga;
alimento el más dulce que se sirve a la mesa de la vida."
W. S.
Para M.M (Lady)
I
Yo
aún tenía 13 años. Ella ya había cumplido catorce. Tal vez fue mi primer amor
real.
Ella
era todo lo que yo quería ser. Era muy lista, valiente y alegre. Yo no. Yo no
tenía la piel dorada, ni el pelo ondulado, yo sólo escribía diarios.
Mis
padres la odiaban. Los suyos también.
Yo
jugaba con ella.
- - Mírale. Parece un actor antiguo. O mejor,
un actor viejo.
- - Debe de haber sido muy guapo.
- - Te ha mirado.
- - Ha mirado hacia aquí.
- - No. Te ha mirado a ti. Siempre lo hace. Le
gustas.
Ella
sabía mucho de las personas. Nunca se equivocaba. Aquel hombre solía dar largos
paseos por el parque. Fumaba. Y un día nos saludó con un gesto.
- - Está loco por ti.
- - ¡Vámonos!
- - ¡No! Mírale. Está muerto de deseo. Seguro
que nadie le ama.
- - ¡Vámonos!
- - Es trágico. Es un personaje trágico.
- - Es viejo.
Le
vimos muchos días. Yo aprendí a identificar su deseo por lo que ella decía, por
la cara que ponía al hablar de los hombres, no de los chicos. Los chicos, según
ella, no servían para nada.
- - Lo que te pasa es normal. Tiene que ver
con las hormonas. Tu cuerpo es el de una mujer, aunque sigas pensando como una
niña.
- - Tú eres más alta.
- - Son cuerpos distintos. Yo no tengo curvas.
Voy más lenta.
Era
verdad. Yo parecía una chica de quince o dieciséis. Ella, tan delgada, no
necesitaba sujetador, parecía un chico guapo de catorce.
- - No me gusta mi cuerpo.
- - A los hombres sí.
Llegó
un día en el que yo me descubrí pensando en él, concretamente en la melancolía
que arrastraba. Ella sugirió que deberíamos hablarle. Y lo hicimos. Los dos
congeniaban muy bien, pero era a mí a quién él miraba todo el tiempo.
- - ¿De verdad sólo tienes trece años?
- - Casi catorce.
- - Los cumple en diciembre ¿Y usted?
- - Yo… cumplo en mayo.
II
Sólo
era un juego.
Lady
dijo que tenía que marcharse porque estaba castigada. Él quedó desconcertado, algo inquieto, empezó a
contarme cosas y también me preguntaba. Terminó su petaca, se excusó y se
marchó a los arbustos como tantas otras veces. Simplemente esperé diez
segundos. Después fui tras él, despacito, como ella había dicho. Me quité la
camiseta.
- - ¡No! No hagas eso ¿Qué haces?
Sentí
pena ante la expresión de su rostro, me acerqué, me quité el sujetador.
Lo
demás lo hizo él, y fue breve. Muy breve. Muy torpe. Registré en mi memoria el
olor de su boca de adulto, el alcohol y el tabaco, la presión de sus dedos, y
aquello que tal vez eran caricias. No quedó ni un resquicio de mi cuerpo que no
fuera recorrido por sus manos, pero yo
no sentí nada y, antes de mancharme, me
aparté. Se giró y terminó en soledad, como Lady había dicho, en el suelo,
agarrado a sí mismo, entre los arbustos. Creo que le oí sollozar. Seguramente
ella también.
Lady
dijo que no tenía por qué preocuparme.
Solo
éramos niñas, la culpa no era nuestra. Él era un hombre adulto, no tenía que
haber hecho aquello.
Paseaba
por el parque siempre solo, fumaba, nos miraba, intentaba absorber nuestra
alegría, a veces se sentaba en el banco y sacaba una petaca, bebía,
conversábamos. Lady le animaba a decir cosas, me adulaba. Y cuando anochecía él
ya me devoraba con los ojos. Me miraba la boca cuando hablaba.
Así
día tras día, todo el verano.
Por
eso al final yo hice lo que Lady me pidió.
Corrí
para llegar a casa.
III
El
vídeo era explícito, pero no se veía mi rostro, sólo a él.
- - ¿Qué crees que pensaría su mujer?
IV
Su
mujer lo vio colgando de una viga del garaje. No dejó ninguna carta. Tenía dos
niños pequeños, supimos muchas más cosas de él cuando murió. Se llamaba Duncan,
era profesor de instituto.
No
supo encajar la derrota.
V
Mucha
gente nos había visto juntos a los tres, en aquel banco del parque.
Lady
dijo que tendríamos que borrar el video, que en verdad era un fastidio no haber
visto el cuerpo, que tal vez habría sido fascinante porque en Duncan se
juntaban el amor y la muerte. Y dijo también que yo era afortunada.
Sin
embargo, empecé a dormir mal.
VI
Me
enseñó un pedacito de papel.
- - ¿Qué es?
- - Un secante, sólo tienes que dejarlo en la
lengua, un ratito. Dejar que se deshaga. Después te lo tragas.
- - ¿Seguro?
- - No dejes que te toque los dientes.
Ella
hizo lo propio
Un
trocito de papel con un dibujo: un triángulo azul con una flecha.
Mi
primera discoteca.
Nos
habíamos pintado los labios con un rouge
que ella robó en alguna tienda, se había puesto encima un pantalón muy ajustado
y un top que le quedaba diminuto. Yo llevaba un vestido muy corto. Cumplía
quince años, pero no hubo problema en la entrada.
- - ¿Qué va a pasar?
- - No lo sé. Nadie lo sabe. Es conocimiento, experiencia ¿lo entiendes? Muy pronto crecerás, te
harán responsable de tus actos. Ahora es el momento de probar. Te gustará. Se
trata de aprender.
De
pronto las paredes empezaron a acolcharse y la piel se me llenaba de sonrisas,
veía a Lady al fondo, lejos, muy lejos, mis sentidos jugaban a cambiar las
proporciones, las distancias, pero ella tenía razón. Todo era tan… divertido.
- - Cómo te llamas.
- - ¡Alicia! – mentí.
-
Era un chico muy guapo, seguramente simple
y sensible, con unas orejas largas…
Y
entonces las vi a Ellas. Idénticas las tres. Flotaban en el aire, reían, con
ojos luminosos, planeaban, levitaban. Me giré hacia la pista y comprobé que
estaba llena de lagartos, culebras, ratones, pollitos... las culebras estaban en
pie, verticales, todos ellos danzando al compás de DJ Nano.
-
¡No cese, no cese el trabajo, aunque
pese! ¡Que hierva el caldero y la mezcla se espese! ¡No cese, no cese el
trabajo, aunque pese! ¡Que hierva el caldero y la mezcla se espese!
Vi
girar la pista, lentamente. Yo misma giraba en el centro de las cosas, giraba con
Ellas, giraba entre Ellas. Me tocaron. Me elevaron, me sacaron del planeta, me mostraron
el futuro.
Me
indicaron que yo reinaría.
Luego
vi muerta a Lady. No sirvió que la besará en los labios. No quiso despertar. Vivió dieciséis años y nunca fue
una niña.
Por
lo visto la mató un aneurisma provocado por la ingesta de aquel pedacito de
papel.
LSD.
VII
Ahora
estudio Psicología.
Y
tengo un pequeño secreto: un trabajo especial de seis a diez.
Luego
siempre ceno en casa con mis padres, mi familia.
Ellos
me quieren, me cuidan, sé que están orgullosos de mí. Yo jamás les he dado un
disgusto, siempre he sido obediente y he sacado buenas notas.
Mis
hermanas pequeñas me adoran, soy un referente, un modelo a seguir.
Aunque
yo solo soy yo cuando trabajo. Soy muy buena porque sé que al otro lado siempre
hay alguien que disfruta y aunque yo no pueda verle, él sí puede verme a mí.
También
Lady.
Sigue
viva en la mirada de esos hombres, tristes, rotos, solitarios, que vienen a
mirar mi cuerpo sin poder tocarme.
Sí,
lo hago para ella, cada vez. Todas las veces.
Aunque
yo no pueda verla ella puede verme a mí.
Y
yo sé lo que le gusta.
Lo
que nos gusta a las dos…

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