Mi padre, Manuel García, nació en 1903; en verano. Solía decir de sí mismo "Soy un hombre que perdió una guerra". Estuvo preso, condenado a muerte, escapó, le cogieron, le pasearon, le fusilaron; pero no dispararon, solo fue un simulacro; de rodillas, con las manos atadas y los ojos vendados. Hacían eso, a menudo, para divertirse viendo llorar a los presos. Lo hacían antes de trasladarlos a un penal distinto o a un campo, así, los que se quedaban no volvían a verlos y los daban por muertos. - Carguen, apunten ¡Fuego! - Mi padre juraba que él sintió la bala entrar por el estómago y salir por la cabeza. Y cayó al suelo. Oyó risas e insultos, por un hueco vio las botas del que iba a rematarle, pero únicamente gritó - ¡Levanta cabrón! - Dos patadas y arriba. No vio sangre. Tuvo suerte, mucha suerte, ese día. Acabo en Arlés, al sur de Francia, en un campo de concentración al que también sobrevivió, durante más de dos años.
Este es el ecosistema para mis creaciones, mis escritos, mis grabaciones...si quieres saber quién soy solo tienes que leerme, todo es arte, cultura y aventura y lo más importante para mí es tu opinión así que no olvides dejar tus comentarios. Eso me ayuda a mejorar y establecer contacto con lectoras y lectores de todo el mundo ¡Bienvenidx a mi rincón literario!
sábado, 15 de noviembre de 2025
UN HOMBRE DE HONOR.
viernes, 7 de noviembre de 2025
Inspiro: Soledad.
Expiro: Las Sirenas.
Apnea: Los Abismos…
A mí me acompañan las
sirenas,
Perforan el silencio.
Silencio y soledad
son como hermanos.
Son como Sueño y
Noche.
Sirenas, soledad.
Abismo.
Y ¿el abismo?
Es una magia extraña.
¿Te has sentado
alguna vez frente al abismo?
¿Te has parado, de
verdad, frente al abismo?
Yo sí en el puente
aquél de la M30.
Yo sí en aquel
acantilado de la costa.
Gallega. San Andrés.
Un día de luz, de
vino blanco,
Con el viento
ululando sus canciones,
De mar y marineros.
Y el mar, el mar
debajo.
Yendo
Y viniendo, rozando,
golpeando, acariciando.
Mis abismos.
El mar te quiere,
pide, busca, te reclama… profundo y seductor.
Letal.
El mar. Cobalto.
Letal.
Y seductor.
Escucho las sirenas.
No tengo timón al que
amarrarme. Las escucho.
Escucho sus canciones
Y pienso en el abismo
Y lo contemplo
Y él me contempla a
mí y, a veces, somos.
A veces somos uno.
A veces somos nada.
A veces somos dios.
Voy dejando una huella solitaria y oteando al otro lado de las dunas,
lunes, 3 de noviembre de 2025
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ENTREVISTAS A LOLA G. OTEROhttps://lazancadilla.com/2025/03/entrevista-a-lola-g-otero-el-laberinto-de-las-damas-imposibles/domingo, 2 de noviembre de 2025
¿Accidente
nuclear?
El día que explotó Chernóbil,
tú me habías dejado. Diecisiete horas antes.
Dejaste las
llaves en la entrada, encima del maldito mueble azul.
Dijiste: creo
que es lo mejor para todos.
No era lo
mejor para mí. Al menos, no en ese instante.
A 3.362 km. de
Madrid había reventado el reactor número cuatro.
Liberó una
inmensa nube radiactiva. La muerte se extendió por toda Europa.
La muerte cruzó
el charco, llegó hasta Nueva York.
Yo, mientras, lloraba
en la alfombra, pellizcaba los nudos y arrancaba jirones. Contemplaba las
flores del almendro que araña mi ventana.
En Pripiat, los
niños jugaban bajo una nieve extraña de copos espumosos.
Tú cerraste la
puerta tras de ti y yo grité hasta enmudecer, por fin, del todo. Me había
golpeado en la cara, a mano abierta, porque ella era más joven, más alta, y más
delgada. Porque era, según tú, mejor persona.
Porque ella
tenía, joder, un buen empleo.
Y yo no.
Algunos lo
intentaron; los bomberos. Trataron de apagar aquellas llamas cuyo poder letal
ya no era solo el fuego.
Yo pude ver
sus rostros, casi desintegrados, unos días después.
Y no eran muy
distintos sus rostros de mi rostro.
Tardaron en decirlo. Tardaron. Como tú.
El tiempo suficiente para que aquellos niños bebiesen
y aspirasen la nieve radiactiva.
Y luego lo soltaste.
Y luego lo dijeron. Pero ya era muy tarde.
Dijeron: Accidente. No fallo, no error, no estupidez.
¿Fue también lo nuestro un accidente?
Yo hubiera querido, ese día, arrancarte los ojos
por despecho. Esos ojos tuyos, tan azules, radiactivos. Hubiera querido liquidarte.
Y a ellos los llamaron así, liquidadores. Encargados
de limpiar el veneno del aire, el veneno del agua y la tierra. Fueron 600.000.
Y todos fallecieron.
Pero eso fue después porque aquel día tan solo
hubo dolor y desconcierto. Terror, angustia y rabia.
En las calles de Pripiat.
Y en mi alfombra.
Y a mí no me importó cuando el portero dijo con
ojos como platos – ¡Ha habido un accidente nuclear! – porque mi corazón estaba
roto.
Inútil. Inservible. Destrozado.
Como aquel reactor nº 4, que había reventado y,
sin embargo, seguía resultando peligroso.
Por eso lo encerraron enseguida, en un viejo sarcófago
de acero.
Yo, con mi corazón, hice lo mismo.
Durante muchos años.
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Me gusta mucho hablar con Juan. Es grande, gordo y buena gente. Y abraza como nadie. Me siento segura entre sus brazos, confortabl...
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