¿Accidente
nuclear?
El día que explotó Chernóbil,
tú me habías dejado. Diecisiete horas antes.
Dejaste las
llaves en la entrada, encima del maldito mueble azul.
Dijiste: creo
que es lo mejor para todos.
No era lo
mejor para mí. Al menos, no en ese instante.
A 3.362 km. de
Madrid había reventado el reactor número cuatro.
Liberó una
inmensa nube radiactiva. La muerte se extendió por toda Europa.
La muerte cruzó
el charco, llegó hasta Nueva York.
Yo, mientras, lloraba
en la alfombra, pellizcaba los nudos y arrancaba jirones. Contemplaba las
flores del almendro que araña mi ventana.
En Pripiat, los
niños jugaban bajo una nieve extraña de copos espumosos.
Tú cerraste la
puerta tras de ti y yo grité hasta enmudecer, por fin, del todo. Me había
golpeado en la cara, a mano abierta, porque ella era más joven, más alta, y más
delgada. Porque era, según tú, mejor persona.
Porque ella
tenía, joder, un buen empleo.
Y yo no.
Algunos lo
intentaron; los bomberos. Trataron de apagar aquellas llamas cuyo poder letal
ya no era solo el fuego.
Yo pude ver
sus rostros, casi desintegrados, unos días después.
Y no eran muy
distintos sus rostros de mi rostro.
Tardaron en decirlo. Tardaron. Como tú.
El tiempo suficiente para que aquellos niños bebiesen
y aspirasen la nieve radiactiva.
Y luego lo soltaste.
Y luego lo dijeron. Pero ya era muy tarde.
Dijeron: Accidente. No fallo, no error, no estupidez.
¿Fue también lo nuestro un accidente?
Yo hubiera querido, ese día, arrancarte los ojos
por despecho. Esos ojos tuyos, tan azules, radiactivos. Hubiera querido liquidarte.
Y a ellos los llamaron así, liquidadores. Encargados
de limpiar el veneno del aire, el veneno del agua y la tierra. Fueron 600.000.
Y todos fallecieron.
Pero eso fue después porque aquel día tan solo
hubo dolor y desconcierto. Terror, angustia y rabia.
En las calles de Pripiat.
Y en mi alfombra.
Y a mí no me importó cuando el portero dijo con
ojos como platos – ¡Ha habido un accidente nuclear! – porque mi corazón estaba
roto.
Inútil. Inservible. Destrozado.
Como aquel reactor nº 4, que había reventado y,
sin embargo, seguía resultando peligroso.
Por eso lo encerraron enseguida, en un viejo sarcófago
de acero.
Yo, con mi corazón, hice lo mismo.
Durante muchos años.

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