domingo, 2 de noviembre de 2025

 


¿Accidente nuclear?

 

El día que explotó Chernóbil, tú me habías dejado. Diecisiete horas antes.

Dejaste las llaves en la entrada, encima del maldito mueble azul.

Dijiste: creo que es lo mejor para todos.

No era lo mejor para mí. Al menos, no en ese instante.

A 3.362 km. de Madrid había reventado el reactor número cuatro.

Liberó una inmensa nube radiactiva. La muerte se extendió por toda Europa.

La muerte cruzó el charco, llegó hasta Nueva York.

Yo, mientras, lloraba en la alfombra, pellizcaba los nudos y arrancaba jirones. Contemplaba las flores del almendro que araña mi ventana.

En Pripiat, los niños jugaban bajo una nieve extraña de copos espumosos.

Tú cerraste la puerta tras de ti y yo grité hasta enmudecer, por fin, del todo. Me había golpeado en la cara, a mano abierta, porque ella era más joven, más alta, y más delgada. Porque era, según tú, mejor persona.

Porque ella tenía, joder, un buen empleo.

Y yo no.

Algunos lo intentaron; los bomberos. Trataron de apagar aquellas llamas cuyo poder letal ya no era solo el fuego.

Yo pude ver sus rostros, casi desintegrados, unos días después.

Y no eran muy distintos sus rostros de mi rostro.

Tardaron en decirlo. Tardaron. Como tú.

El tiempo suficiente para que aquellos niños bebiesen y aspirasen la nieve radiactiva.

Y luego lo soltaste.

Y luego lo dijeron. Pero ya era muy tarde.

Dijeron: Accidente. No fallo, no error, no estupidez.

¿Fue también lo nuestro un accidente?

Yo hubiera querido, ese día, arrancarte los ojos por despecho. Esos ojos tuyos, tan azules, radiactivos. Hubiera querido liquidarte.

Y a ellos los llamaron así, liquidadores. Encargados de limpiar el veneno del aire, el veneno del agua y la tierra. Fueron 600.000.

Y todos fallecieron.

Pero eso fue después porque aquel día tan solo hubo dolor y desconcierto. Terror, angustia y rabia.

En las calles de Pripiat.

Y en mi alfombra.

Y a mí no me importó cuando el portero dijo con ojos como platos – ¡Ha habido un accidente nuclear! – porque mi corazón estaba roto.

Inútil. Inservible. Destrozado.

Como aquel reactor nº 4, que había reventado y, sin embargo, seguía resultando peligroso.

Por eso lo encerraron enseguida, en un viejo sarcófago de acero.

Yo, con mi corazón, hice lo mismo.

Durante muchos años.

 

 

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