sábado, 15 de noviembre de 2025

UN HOMBRE DE HONOR.




Mi padre, Manuel García, nació en 1903; en verano. Solía decir de sí mismo "Soy un hombre que perdió una guerra". Estuvo preso, condenado a muerte, escapó, le cogieron, le pasearon, le fusilaron; pero no dispararon, solo fue un simulacro; de rodillas, con las manos atadas y los ojos vendados. Hacían eso, a menudo, para divertirse viendo llorar a los presos. Lo hacían antes de trasladarlos a un penal distinto o a un campo, así, los que se quedaban no volvían a verlos y los daban por muertos. - Carguen, apunten ¡Fuego! - Mi padre juraba que él sintió la bala entrar por el estómago y salir por la cabeza. Y cayó al suelo. Oyó risas e insultos, por un hueco vio las botas del que iba a rematarle, pero únicamente gritó - ¡Levanta cabrón! - Dos patadas y arriba. No vio sangre. Tuvo suerte, mucha suerte, ese día. Acabo en Arlés, al sur de Francia, en un campo de concentración al que también sobrevivió, durante más de dos años.

Mucho tiempo después, ya en Madrid, aquel hombre que había perdido una guerra, creyente, iba a misa los domingos aunque no se confesaba porque no le gustaban los curas, no se fiaba. Tampoco se arrodillaba en la iglesia, había jurado que no volvería a ponerse de rodillas, jamás, ante nadie. Recuerdo la Parroquia repleta de gente arrodillada después de comulgar y en los primeros bancos, erguido como un roble, él, mi padre. Recogido, pero en pie.

Los años pasaron y los tiempos cambiaron, y un día, en el 77, mi padre fue a votar en las primeras elecciones democráticas de España después de aquella larga dictadura en que vivió la mayor parte de su vida.
Quiso que yo fuera con él, tenía setenta y tres años. Yo doce.

Nunca olvidaré su emoción, nunca olvidaré su sonrisa al meter la papeleta en la urna. Un señor de la mesa dijo: - Manuel García, - y otro dijo: ¡Vota! - Y mi padre dijo: ¡Voto! - Y a la salida se encontró con Paco, un vecino de su quinta; se abrazaron los dos sin decir nada, estrecha y largamente, después salió conmigo de la mano, apoyado en su bastón, satisfecho y sonriente. Orgulloso como nunca le había visto.

Aquel día comprendí, a través de mi padre, lo importante que es poder votar en libertad y hoy, muchos años después, he estado en el mismo Centro, en la misma mesa y he ejercido mi derecho con un objetivo muy claro: que jamás vuelvan los tiempos oscuros.
A todas las gentes de bien.
Salud!

Madrid, abril, 2019

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