domingo, 7 de diciembre de 2025

NO PISEIS LOS CARACOLES

 



 

El hotel no pinta mal.

Está en lo alto de un breve acantilado y tiene la entrada por detrás.

Se accede desde un camino seco y polvoriento, cercado por chumberas, palmeras, mucha paja, y caracoles muertos. Docenas de caracoles muertos. Secos. Solo cáscaras. Y una última baba, quebradiza, en la entrada a la concha, más fina que un papel de fumar. No sé por qué están ahí esos caracoles. 

Al final del camino hay un trocito asfaltado, una especie de plazuela ante la entrada.

Son sesenta habitaciones.

La playa no es recomendable. Se trata de una cala rocosa, sin arena. Para acceder hay que bajar setenta y cuatro escalones de piedra. Para subir es mejor rodear el acantilado y retornar por un extraño caminito que enseguida se vuelve polvoriento y serpentea, durante más de un kilómetro, hasta morir en la entrada asfaltada.

La gente prefiere la piscina.

Yo bajaba a la playa. Me llevaba una silla plegable y un sombrero. Un macuto con agua, protector solar, dos libros, un cuaderno, un boli y las acuarelas. El móvil era inútil, en la cala no había cobertura. Solo una chiquilla aparecía, de vez en cuando, por entre las rocas, con un morral azul de bandolera. Se sentaba, sin mirarme, en una barca abandonada y se ponía a leer. Yo, a veces, levantaba la mirada y ya no estaba.

Debía de tener unos catorce, larguirucha, asexuada, pecosa, con el pelo rizado. Ya la había visto en el hotel; en la entrada, en la escalera, en el pasillo… debía de ser, deduje, la hija de algún empleado. Siempre sola.

Un día se cruzaron nuestras miradas, y las dos, no sé por qué, nos sonreímos. Se acercó.

-             Hola.

-             ¡Hey!

-             Me llamo Alenda.

-            ¡Alenda! ¡Qué bonito!

-            Significa más allá del horizonte.

-            Yo me llamo Lola.

-            Ya. Lo sé.

-            ¿Lo sabes?

-            Sí.

Alenda era ingenua y divertida. A veces subíamos juntas, por el camino que bordea la cala, sorteando las conchas de un millón de caracoles. Luego ella se desviaba por detrás del hotel.

-            No pasa nada si los pisas – dijo un día – están muertos. Son conchas vacías.

-            Aun así, me da cosa. No comprendo por qué están aquí.

Meditó por un instante y luego dijo - ¡Ven! ¡Sígueme!

Empezó a corretear por el sendero y la seguí. Se detuvo en la entrada de una cueva.

-            ¡Vaya!

A unos metros de la entrada, la cueva exhalaba humedad. - ¡Mira!

Y miré. Miles, millones de caracoles por todas partes, pegados al techo y las paredes, quietos, sí, pero vivos.

-            Están dormidos – dijo - Por la noche despiertan y abandonan la cueva, pero a veces se despistan y el sol sale. No les da tiempo a volver, el sol los quema en su camino de regreso. Son tan lentos… mueren deshidratados. ¡Cuidado! – gritó - ¡Ahí hay un barranco!

Me detuve. Ciertamente, ante mis pies todo era negro, no se veía el fondo, solamente... caracoles.

-            ¿Nos vamos? – dijo. Y la seguí de vuelta. Como siempre en el hotel nos separamos.

Dos días después yo me marchaba.

Cuando ya estaba a punto de salir, maleta en mano, descubrí aquella foto en Recepción.

-            ¿Es su hija?

-            No – dijo el conserje – Es Alenda, la nieta del dueño del hotel – me entregó con parsimonia el DNI. – En septiembre hará dos años que murió.

-            Vaya. Pobre... - Respondí

-        Se despeñó en la cueva. Siempre andaba enredando por allí, parece que pisó unos caracoles. Resbaló.

Pude ver que el autocar estaba ya frente a la puerta.

Le entregué la maleta al conductor que la ubicó junto a las otras, subí, me senté y cerré los ojos. Al abrirlos me encontré con su sonrisa desde el retrovisor, estaba sentada en un asiento, cuatro filas por detrás. Me hizo un gesto con la mano y yo también le sonreí. Arrancó el autocar con destino a Madrid.

Ahora, Alenda, va conmigo a todas partes. Es una de mis amigas “especiales”. 

¿Te apetece conocerla?

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