sábado, 12 de octubre de 2024

HYSTERIA

Teatro de la Abadía
Texto y dirección - Carla Nyman
Interpretación: Lluna Issa Castera y Mariano Estudillo
Escenografía: Mónica Moronello
Iluminación: David Picazo
Espacio sonoro: Sandra Vicente








Dice Carla Nyman que, en este montaje,  la ensoñación se contrapone a la realidad y todo ello desemboca en un surrealismo explícito y lleno de ironía y humor. Bueno, pues sí, tendrá razón. En cierto sentido, y si nos ponemos estupendas, creo que la afirmación es aceptable. Ocurre, sin embargo, que, en el despliegue de recursos (vertiginoso, por cierto) los actores derrochan energía y resultan, por momentos, ciertamente agotadores. El despliegue también lo es de géneros: danza, canto, circo, teatro, absurdo, veleidades surrealistas... y de referentes, Stalin, Marco Aurelio o Kierkegaard. Entre tal cantidad de recursos se queda una con el perro Samuel y sin saber qué está pasando. ¿Será teatro para teatreros? ¿De ese que no hay que entender, sino sentirlo, porque va más allá de las meninges? Debe de ser. Sí, va a ser eso.

Múltiples recursos en escena, hábilmente conjugados (o no tanto) producen, en el espectador, una impresión ambigua cuya incómoda consecuencia es un desconcertante estado de perplejidad. ¡Vaya!

¿Por qué se llama Hysteria? Dice la autora que lo que busca el montaje es mostrar las nuevas formas de la histeria femenina que, en el S. XXI, se traducen en depresión y afectan sobre todo a los sectores marginales, pero la Agustina de la función no tiene nada de marginal, es una muñeca estrambótica y preciosa. No representa a nadie, solo representa una estética. Ambos personajes, Agustina y el Dr. parecen títeres o robots, tal es el empeño en huir del naturalismo. ¡Ah, coño! ¡que es Teatro de Títeres! Haber empezado por ahí. No seré yo quien cuestione nunca a un títere, pero si, como dice Nyman, la Hysteria actual afecta al colectivo LGTBQ, en tanto que minoría marginal, debo apostillar que los modelos se han sublimado en exceso. Nada se reconoce

Se ha dicho de esta función que es un trabajo arriesgado, pero yo me pregunto, en realidad ¿qué  se pone en riesgo aquí?¿La comprensión y/o aceptación del código elegido? No descubre nada nuevo, llueve sobre mojado, o lo que viene a ser lo mismo, se lanza al agua Nyman con la ropa a buen recaudo.  ¿Se arriesga, acaso, el prestigio de la poeta/novelista/autora/directora/actriz/dramaturga? Está claro que no, ya está consagrada, pese a su juventud. Ha tocado muchos palos y ha triunfado en todos. Su nombre es un  reclamo avalado por Abadía y los Kamikazes. Un valor en alza. El mercado es el mercado y el arte... bueno, tengo mi opinión al respecto, pero no hace al caso. La cuestión es que aquí se arriesga poco, sobre todo cuando la función ya ha sido declarada  estupenda a priori. 

El público aplaudió correctamente y, para mi sorpresa, nadie se puso en pie. Creo, por lo que oí a la salida, que muchxs no entendieron gran cosa porque el texto se pierde en la propuesta abigarrada, una especie de horror vacui conceptual. Es como un corta pega de costuras bien cosidas, las costuras no se ven, pero tampoco el traje.  Reconocemos el bonito hilo del que nos han hablado en entrevistas previas. Reconocemos, la aguja, el intelecto y el dedal, pero ¿el traje? No. El traje, no. Me temo que el rey va desnudo. Detecto y respeto la voluntad contra la hegemonía del texto, esto es teatro del S. XXI,  pero es que, en Hysteria hay mucho texto, los actores no paran de hablar, salvo en contadas excepciones cuando la música o, cuidadas, aunque nada novedosas, imágenes, expresan lo que, entre tanto ruido, no se consigue con las palabras.

Repaso sus bondades y rescato momentos deliciosos, las vaginas pintadas, las vaginas que hablan, las vaginas que abducen, el perro Samuel, tan parlanchín, en fin, una función que podría ser divertida si no hubiera estado precedida por ese halo de milagro escénico por el que yo me acerqué a la Abadía y que, sinceramente, no he visto por ningún lado. Estamos ante un teatro cuyos méritos, se deben, sobre todo, a la solvencia con la que defienden los actores la función, entre el clown y la biomecánica, con unas largas, larguísimas, retahílas, en un código, no naturalista, con gesticulación codificada y movimientos pautados, sí. Cantan, bailan, y todo lo hacen bien. Vestuario interesante. Luces bien. La música, no. Resulta lo más flojo del montaje. Con todo me sigo preguntando ¿por qué me parece una función facilmente olvidable? Insisto en que se trata de un trabajo bien hecho y bien cerrado. El ritmo es bueno, las transiciones funcionan (más o menos), los actores están bien, sin embargo, más allá del ejercicio estético la función carece de interés.

Si digo que me aburrí, y cabeceé por un instante, el gremio volverá a crucificarme y a quitarme la razón, pero es cierto lo que digo. La autora está de moda, la función no escatima recursos, formalmente se salva con nota, pero oculta un gran vacío y  lo que narra ese vacío es, que en el fondo, y pese a todo, nada sorprende en Hysteria. Aún así pongo oreja a la salida y escucho los comentarios que van desde la fascinación más absoluta (justificada con frases del tipo -¡Es lo más!) - hasta un oportuno silencio : insisto, el rey va desnudo.  

Da igual. Los teatreros somos agradecidos, casi todos tenemos algún primo cercano a la función que, a menudo nos regala invitaciones. Al teatro se va a ver y a que nos vean, a mirar y a ser mirado. Cómo vamos a juzgar a nuestros totems.  Hysteria es una función cojonuda y si no te lo parece es porque de esto no entiendes. ¡Viva el rey!

Y punto.

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