MEDEA
Formato: entrevista
Espacio: Sala de visitas de una cárcel de
mujeres
OFF –
Los psiquiatras dicen que usted no está loca.
MEDEA –
No estoy loca.
OFF –
¿Entiende que nadie pueda aceptar lo que usted hizo?
MEDEA – Sí.
OFF -
¿Cuánto tiempo lleva usted en este Centro?
MEDEA –
Llevo toda una vida.
OFF –
¿En ese tiempo no ha sentido nunca arrepentimiento?
MEDEA –
No.
OFF -
¿Cómo fue?
MEDEA –
Estaban dormidos.
OFF -
¿Los dos?
MEDEA –
Sí. Les di unas pastillas machacadas con la cena.
OFF –
les drogó.
MEDEA –
Sí.
OFF -
¿Qué pasó?
MEDEA –
Los maté.
OFF – A
sangre fría.
MEDEA –
Sí.
OFF -
¿lo recuerda?
MEDEA – Hay algunas cosas que no recuerdo bien, pero recuerdo la sangre.
OFF –
Hábleme de eso.
MEDEA –
Cuando arranqué el corazón a la pequeña, aún estaba viva y gritaba. Metí el
cuchillo por la tripa y tiré hacia arriba, metí las manos y separé las
costillas, el corazón era muy pequeño, al arrancarlo saltó un chorro de sangre
que me salpicó la cara, como un grifo.
OFF -
¿Y el niño?
MEDEA –
Después fui a por el niño. Le aplasté la cabeza contra el suelo.
OFF –
Tenía nueve años.
MEDEA –
Se defendió un poco, el pobre, en el suelo.
OFF -
….
MEDEA –
Golpeé una vez y otra vez contra el suelo y, una de las veces, sentí romperse
el cráneo y ya dejo de moverse, pero yo seguí dando contra el suelo, fui
notando como se deshacían los huesos de la cabeza y el pelo se le llenaba de
sangre, por la nuca, pero tenía la carita bien. Los dos tenían la carita bien.
OFF –
Mató a sus hijos.
MEDEA –
Sí. Es lo que hice.
OFF -
¿Puede dormir por las noches?
MEDEA –
Sí.
MEDEA –
Dicen que soy un monstruo.
OFF – La
llaman Medea.
MEDEA - ¿Medea?
OFF -
¡Qué ve cuando se mira al espejo?
MEDEA –
Yo veo a una mujer enamorada. Una mujer despechada.
OFF -
¿No ve una asesina?
MEDEA –
No. Yo veo a una mujer abandonada.
OFF –
¿Se considera usted culpable?
MEDEA –
No.
OFF –
(PAUSA) - ¿Por qué lo hizo?
MEDEA –
Por odio.
OFF -
¿Odiaba usted a sus hijos?
MEDEA –
No. Los amaba, ellos eran mi sangre y mi carne, al matarlos también terminé con
mi vida...
OFF – Pero ha dicho que …
MEDEA –
Yo le odiaba a él.
OFF -
¿Al padre?
MEDEA –
Sí. El odio es lo que queda después del desamor, es un sentimiento muy fuerte.
Por eso le quité lo que él más quería.
OFF -
¿No le parece excesivo?
MEDEA –
No, era lo justo, lo único que yo podía hacer para que él asumiese un dolor
similar al que me había infringido.
OFF –
Pero los niños... no tenían la culpa
MEDEA –
Yo no los maté porque fueran culpables, no los maté por castigo. Fueron
sacrificados por una causa justa, pagaron con su vida la culpa de su padre. Así
puse a la muerte al servicio del amor...
OFF –
¿Amor? ¿Cómo puede hablar de amor?
MEDEA –
Yo amaba a ese hombre. Por él abandoné todo lo que tenía: patria, familia, herencia,
religión… a todos traicioné. Y, sí, me fui con él, a una vida que no era la
mía, donde todos me miraban con desprecio porque era una extranjera, porque era
diferente y mis costumbres les resultaban extrañas, pero no me importó. Mi devoción
por él era absoluta. Yo, acostumbrada a vivir en un palacio, le esperaba cada
noche en la terraza de aquel pisito de extrarradio o miraba por la ventana
hasta que veía su coche doblando la esquina, y se me disparaba el corazón. A
veces sentía un zumbido en los oídos, otras veces mi vista se nublaba y
empezaba a sudar, a transpirar. Cuando entraba por la puerta avanzaba hacia
él... no tenía que hablar, él siempre entendía. Me abrazaba, me mordía en el
cuello, me poseía como un lobo en celo. Entonces le sentía sólo mío y yo era
suya. Yo vivía para esos momentos, el resto del tiempo estaba ida, como dormida
y hacía las cosas mecánicamente, pero al llegar la noche despertaba y esperaba
en la terraza a que él llegase y me empujase sobre la cama y me hiciese el amor.
Como un huracán. No existía otra cosa en el mundo, sólo esos momentos en los que
éramos felices, como dos fieras llenas de vida, iguales, salvajes y libres.
OFF -
Pero eso no explica …
MEDEA –
Cuando quedé embarazada del primero, él cambió. No me hacía el amor, decía que
igual no era bueno, que había que proteger al feto. Yo engordé y me deformé,
pero era muy joven aún y después del parto recuperé mi figura y el deseo que no
había perdido ni siquiera al final del embarazo, cuando mi vientre y mis pechos
parecían balones hinchados.
OFF -
¿Y él…?
MEDEA –
Él se convirtió en padre. Mi amante siempre estaba preocupado por si el niño
había comido, si lloraba… con la niña fue peor.
OFF -
Explíquese.
MEDEA –
La pequeña nació con problemas de corazón y él estaba pendiente todo el tiempo.
OFF –
Es normal que un padre se preocupe por sus hijos. ¿Acaso usted no los quería?
MEDEA –
Salieron de mi carne y de mi sangre, pero eran parte de él. Los amaba por él.
Los parí para él, eran nuestros...
OFF -
¿Qué pasó?
MEDEA –
La condición de padre le enajenó. Ya no me veía como mujer sino como madre,
solo madre, yo era un odre de leche relegado al constante cuidado de las crías,
mientras él, como hombre, buscaba otras hembras. Lo viví como una trampa, me
sentí utilizada, estafada, traté de explicarle… pero él dijo que yo era una
enferma. Me hacía el amor con hastío, ni siquiera me besaba, acababa deprisa... Yo traté de enamorarle nuevamente, pero él ni me miraba, me trataba
con desprecio, me ignoraba. Tan sólo le importaban los niños. Empezó a llegar
más tarde, directo a dormir. Un día descubrí que estaba viendo a otra e
indagué. Los niños crecían, pero yo vivía, sola, en el infierno. Empecé a beber
mucho.
OFF –
¿Bebía?
MEDEA –
Sí. El alcohol me anestesiaba. El despecho, créame, llegó a ser insoportable. Yo
me sentí morir, más de una vez, de desesperación.
OFF –
¿ÉL también bebía?
MEDEA –
A veces llegaba con olor. Venía oliendo a putas, a sábanas sucias y chicles
baratos, de menta, para intentar camuflar el aliento cargado, el alcohol, el
tabaco y las bocas ajenas... pese a todo, yo intentaba, cada noche, seducirle. Le
quería, quería salvarlo... Una de aquellas noches, dejé a los niños en casa de
mi hermana. Lo había preparado todo para estar sola con él. Me había comprado
ropa nueva, lencería, un sostén muy caro, unas braguitas pequeñas, me había
bañado y perfumado …
OFF -
¿Qué pasó?
MEDEA –
Al principio me evitó, después, cuando insistí, me aparto violentamente y
empezó a decir que le olvidara, que le dejara en paz. Le dije que sabía que
había otras, pero no me importaba, que yo le perdonaba, que yo sólo quería que
todo volviera a ser como antes. Él dijo que había solo una. Quería divorciarse.
OFF -
¡Quería divorciarse?
MEDEA –
Me dijo que yo era ridícula, que a dónde creía que iba con esa ropa de puta,
que le daba asco. Que no le gustaba como mujer, que no le interesaba como
persona, que no me quería. Que lo único que le importaba eran sus hijos. Dijo
“mis hijos” no dijo “nuestros hijos”. También dijo que, si había aguantado
tanto tiempo, a mi lado, había sido, solo, por “sus hijos”. Me dijo que no
había vuelta atrás, que me dejaba, que estaba enamorado de la hija de un gran
empresario. Que era joven, bella y buena, y que le correspondía. Así pues, yo
era un lastre. Quería el divorcio para hacer las cosas bien, para no desamparar
a los niños. Yo solo preguntaba ¿por qué? No podía entender... Yo... le grité,
supliqué, me humillé, pero él se reafirmaba en su postura sin más
explicaciones. Traté de golpearle, ciega de rabia, y me apartó de un empujón,
me tiró sobre la cama. Por un momento, yo, sentí la misma pasión, fue algo
parecido a lo que había entre nosotros cuando él aún me quería, logré ver en
sus ojos esa fuerza, esa potencia...
Después, se
dio la vuelta, cogió su chaqueta y se fue.
OFF – Y
usted…
MEDEA –
No paré de llorar. Creí que volvería, que rectificaría. Llamé al móvil muchas
veces, pero no respondía, lo había apagado. Empecé a sentir angustia, una
angustia infinita. No podía respirar. Intuí que estaba en casa de la otra,
cualquiera que fuese esta vez, había otra y seguro que le estaba consolando,
seguro, estaba haciéndole el amor. Lo veía, en mi cabeza, y me llenaba de odio.
(PAUSA)
Yo morí esa
madrugada, morí de odio.
Morí para la
vida y nací para la muerte en ese lapso de tiempo, antes de amanecer.
Con las
primeras luces me duché, recogí un poco el cuarto y fui a por los niños. Los
llevé al cole, después regresé y comprobé que había Valium em casa. Por
la tarde él llamó y preguntó por sus hijos, también dijo que pasaría a recoger
sus cosas por la mañana. Repitió muchas veces que “era mejor así”. Que no me
preocupase, que yo iba a quedar bien.
Esa noche puse
el Valium en la cena de los niños y esperé a que se durmiesen. Después los
maté. Y así le maté a él. Fue una acción justa. Yo hice lo que tenía que hacer
OFF -
¿Y ahora?
MEDEA –
Ahora estoy tranquila.
OFF –
El fiscal pide cien años de condena.
MEDEA –
Mi condena empezó con su desprecio. Y es eterna.
OFF –
No ha vuelto a verle.
MEDEA –
Jamás, solo aquí, en mi cabeza, cuando cierro los ojos. Y hacemos el amor como
dos fieras llenas de vida, iguales, malditas, salvajes y libres.

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