martes, 10 de octubre de 2023

 

MEDEA

 



Medea, con los hijos muertos, huye de Corinto en un carro tirado por dragones.
Germán Hernández Amores. Hacia 1887. Óleo sobre lienzo, 225  x 166 cm.
Museo del Prado



 

Formato: entrevista

Espacio: Sala de visitas de una cárcel de mujeres

 

OFF – Los psiquiatras dicen que usted no está loca.

MEDEA – No estoy loca.

OFF – ¿Entiende que nadie pueda aceptar lo que usted hizo?

MEDEA – Sí.

OFF - ¿Cuánto tiempo lleva usted en este Centro?

MEDEA – Llevo toda una vida.

OFF – ¿En ese tiempo no ha sentido nunca arrepentimiento?

MEDEA – No.

OFF - ¿Cómo fue?

MEDEA – Estaban dormidos.

OFF - ¿Los dos?

MEDEA – Sí. Les di unas pastillas machacadas con la cena.

OFF – les drogó.

MEDEA – Sí.

OFF - ¿Qué pasó?

MEDEA – Los maté.

OFF – A sangre fría.

MEDEA – Sí.

OFF - ¿lo recuerda?

MEDEA – Hay algunas cosas que no recuerdo bien, pero recuerdo la sangre.

OFF – Hábleme de eso.

MEDEA – Cuando arranqué el corazón a la pequeña, aún estaba viva y gritaba. Metí el cuchillo por la tripa y tiré hacia arriba, metí las manos y separé las costillas, el corazón era muy pequeño, al arrancarlo saltó un chorro de sangre que me salpicó la cara, como un grifo.

OFF - ¿Y el niño?

MEDEA – Después fui a por el niño. Le aplasté la cabeza contra el suelo.

OFF – Tenía nueve años.

MEDEA – Se defendió un poco, el pobre, en el suelo.

OFF - ….

MEDEA – Golpeé una vez y otra vez contra el suelo y, una de las veces, sentí romperse el cráneo y ya dejo de moverse, pero yo seguí dando contra el suelo, fui notando como se deshacían los huesos de la cabeza y el pelo se le llenaba de sangre, por la nuca, pero tenía la carita bien. Los dos tenían la carita bien.

OFF – Mató a sus hijos.

MEDEA – Sí. Es lo que hice.

OFF - ¿Puede dormir por las noches?

MEDEA – Sí.

 OFF - ¿Sabe qué nombre le han puesto?

MEDEA – Dicen que soy un monstruo.

OFF – La llaman Medea.

MEDEA - ¿Medea?

OFF - ¡Qué ve cuando se mira al espejo?

MEDEA – Yo veo a una mujer enamorada. Una mujer despechada.

OFF - ¿No ve una asesina?

MEDEA – No. Yo veo a una mujer abandonada.

OFF – ¿Se considera usted culpable?

MEDEA – No.

OFF – (PAUSA) - ¿Por qué lo hizo?

MEDEA – Por odio.

OFF - ¿Odiaba usted a sus hijos?

MEDEA – No. Los amaba, ellos eran mi sangre y mi carne, al matarlos también terminé con mi vida...

OFF – Pero ha dicho que …

MEDEA – Yo le odiaba a él.

OFF - ¿Al padre?

MEDEA – Sí. El odio es lo que queda después del desamor, es un sentimiento muy fuerte. Por eso le quité lo que él más quería.

OFF - ¿No le parece excesivo?

MEDEA – No, era lo justo, lo único que yo podía hacer para que él asumiese un dolor similar al que me había infringido.

OFF – Pero los niños... no tenían la culpa

MEDEA – Yo no los maté porque fueran culpables, no los maté por castigo. Fueron sacrificados por una causa justa, pagaron con su vida la culpa de su padre. Así puse a la muerte al servicio del amor...

OFF – ¿Amor? ¿Cómo puede hablar de amor?

MEDEA – Yo amaba a ese hombre. Por él abandoné todo lo que tenía: patria, familia, herencia, religión… a todos traicioné. Y, sí, me fui con él, a una vida que no era la mía, donde todos me miraban con desprecio porque era una extranjera, porque era diferente y mis costumbres les resultaban extrañas, pero no me importó. Mi devoción por él era absoluta. Yo, acostumbrada a vivir en un palacio, le esperaba cada noche en la terraza de aquel pisito de extrarradio o miraba por la ventana hasta que veía su coche doblando la esquina, y se me disparaba el corazón. A veces sentía un zumbido en los oídos, otras veces mi vista se nublaba y empezaba a sudar, a transpirar. Cuando entraba por la puerta avanzaba hacia él... no tenía que hablar, él siempre entendía. Me abrazaba, me mordía en el cuello, me poseía como un lobo en celo. Entonces le sentía sólo mío y yo era suya. Yo vivía para esos momentos, el resto del tiempo estaba ida, como dormida y hacía las cosas mecánicamente, pero al llegar la noche despertaba y esperaba en la terraza a que él llegase y me empujase sobre la cama y me hiciese el amor. Como un huracán. No existía otra cosa en el mundo, sólo esos momentos en los que éramos felices, como dos fieras llenas de vida, iguales, salvajes y libres.

OFF - Pero eso no explica …

MEDEA – Cuando quedé embarazada del primero, él cambió. No me hacía el amor, decía que igual no era bueno, que había que proteger al feto. Yo engordé y me deformé, pero era muy joven aún y después del parto recuperé mi figura y el deseo que no había perdido ni siquiera al final del embarazo, cuando mi vientre y mis pechos parecían balones hinchados.

OFF - ¿Y él…?

MEDEA – Él se convirtió en padre. Mi amante siempre estaba preocupado por si el niño había comido, si lloraba… con la niña fue peor.

OFF - Explíquese.

MEDEA – La pequeña nació con problemas de corazón y él estaba pendiente todo el tiempo.

OFF – Es normal que un padre se preocupe por sus hijos. ¿Acaso usted no los quería?

MEDEA – Salieron de mi carne y de mi sangre, pero eran parte de él. Los amaba por él. Los parí para él, eran nuestros...

OFF - ¿Qué pasó?

MEDEA – La condición de padre le enajenó. Ya no me veía como mujer sino como madre, solo madre, yo era un odre de leche relegado al constante cuidado de las crías, mientras él, como hombre, buscaba otras hembras. Lo viví como una trampa, me sentí utilizada, estafada, traté de explicarle… pero él dijo que yo era una enferma. Me hacía el amor con hastío, ni siquiera me besaba, acababa deprisa... Yo traté de enamorarle nuevamente, pero él ni me miraba, me trataba con desprecio, me ignoraba. Tan sólo le importaban los niños. Empezó a llegar más tarde, directo a dormir. Un día descubrí que estaba viendo a otra e indagué. Los niños crecían, pero yo vivía, sola, en el infierno. Empecé a beber mucho.

OFF – ¿Bebía?

MEDEA – Sí. El alcohol me anestesiaba. El despecho, créame, llegó a ser insoportable. Yo me sentí morir, más de una vez, de desesperación.

OFF – ¿ÉL también bebía?

MEDEA – A veces llegaba con olor. Venía oliendo a putas, a sábanas sucias y chicles baratos, de menta, para intentar camuflar el aliento cargado, el alcohol, el tabaco y las bocas ajenas... pese a todo, yo intentaba, cada noche, seducirle. Le quería, quería salvarlo... Una de aquellas noches, dejé a los niños en casa de mi hermana. Lo había preparado todo para estar sola con él. Me había comprado ropa nueva, lencería, un sostén muy caro, unas braguitas pequeñas, me había bañado y perfumado …

OFF - ¿Qué pasó?

MEDEA – Al principio me evitó, después, cuando insistí, me aparto violentamente y empezó a decir que le olvidara, que le dejara en paz. Le dije que sabía que había otras, pero no me importaba, que yo le perdonaba, que yo sólo quería que todo volviera a ser como antes. Él dijo que había solo una. Quería divorciarse.

OFF - ¡Quería divorciarse?

MEDEA – Me dijo que yo era ridícula, que a dónde creía que iba con esa ropa de puta, que le daba asco. Que no le gustaba como mujer, que no le interesaba como persona, que no me quería. Que lo único que le importaba eran sus hijos. Dijo “mis hijos” no dijo “nuestros hijos”. También dijo que, si había aguantado tanto tiempo, a mi lado, había sido, solo, por “sus hijos”. Me dijo que no había vuelta atrás, que me dejaba, que estaba enamorado de la hija de un gran empresario. Que era joven, bella y buena, y que le correspondía. Así pues, yo era un lastre. Quería el divorcio para hacer las cosas bien, para no desamparar a los niños. Yo solo preguntaba ¿por qué? No podía entender... Yo... le grité, supliqué, me humillé, pero él se reafirmaba en su postura sin más explicaciones. Traté de golpearle, ciega de rabia, y me apartó de un empujón, me tiró sobre la cama. Por un momento, yo, sentí la misma pasión, fue algo parecido a lo que había entre nosotros cuando él aún me quería, logré ver en sus ojos esa fuerza, esa potencia...

Después, se dio la vuelta, cogió su chaqueta y se fue.

OFF – Y usted…

MEDEA – No paré de llorar. Creí que volvería, que rectificaría. Llamé al móvil muchas veces, pero no respondía, lo había apagado. Empecé a sentir angustia, una angustia infinita. No podía respirar. Intuí que estaba en casa de la otra, cualquiera que fuese esta vez, había otra y seguro que le estaba consolando, seguro, estaba haciéndole el amor. Lo veía, en mi cabeza, y me llenaba de odio. (PAUSA)

Yo morí esa madrugada, morí de odio. 

Morí para la vida y nací para la muerte en ese lapso de tiempo, antes de amanecer.

Con las primeras luces me duché, recogí un poco el cuarto y fui a por los niños. Los llevé al cole, después regresé y comprobé que había Valium em casa. Por la tarde él llamó y preguntó por sus hijos, también dijo que pasaría a recoger sus cosas por la mañana. Repitió muchas veces que “era mejor así”. Que no me preocupase, que yo iba a quedar bien.

Esa noche puse el Valium en la cena de los niños y esperé a que se durmiesen. Después los maté. Y así le maté a él. Fue una acción justa. Yo hice lo que tenía que hacer

OFF - ¿Y ahora?

MEDEA – Ahora estoy tranquila.

OFF – El fiscal pide cien años de condena.

MEDEA – Mi condena empezó con su desprecio. Y es eterna.

OFF – No ha vuelto a verle.

MEDEA – Jamás, solo aquí, en mi cabeza, cuando cierro los ojos. Y hacemos el amor como dos fieras llenas de vida, iguales, malditas, salvajes y libres.


 

 

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